
Foto: Francisco Máximo
Hoy es primero, es uno de noviembre, y es la fecha elegida por muchos para recordar a sus muertos. Y esa frase, cuando te la dicen, tiene algo de dureza y de revelación: "Todos tus muertos".
Es que suena como si los acumularas a cada paso, indica que te pertenecen, que dejan el mundo tangible para empezar a formar parte del mundo intangible de los vivos, su recuerdo. Siempre, de algún modo u otro, con nosotros, y es que vivir es morir un poco, es arrancar de tí un pedazo de tiempo, consumiéndolo, dándote la oportunidad de degustarlo a tus anchas en un ejercicio llamado libertad.
Mientras escribo, recuerdo nuevamente la imagen de una mujer en el funeral de un poeta en septiembre de 1973, mientras declamaba: no estás muerto, sólo estás dormido. Es que la muerte llama a la rebelión, al incendio; es verdad, pero es mentira, el mundo se detuvo, pero a tu pesar sigue girando.
Y esa contradicción se te anida en el estómago, en las vísceras, y te hace sentir la vida de otro modo. Entonces, una vez que cesa el chorro de agua gélida que cae sobre tí, simplemente guardas a todos tus muertos en tu pecho, y dices: viviremos y derrotaremos a todos los que quisieran otra cosa.
Y habrá un cielo de mar azul donde descansen tus ojos ensimismados,
entumecidos, vertidos de ausencia.
Se acunará cada recuerdo en el vórtice insondable de
una palabra,
de cada susurro que traiga tu espera indolente.
Tranquilo, acurrucado, arropado de eternidad,
el mar borrará lento tus pasos labrados en la fugacidad de la existencia.
Y llegarás entonces,
convertido en cada soplo,
en alguna palabra lanzada al día a día,
en la probable sonrisa que ilumine alguna conversación aderezada de recuerdos.
Y así estarás presente,
convertido en cada átomo de tiempo ausente,
verbalizado en el devenir de alguna ardiente espera.
A los amigos que se fueron y esperan en el mar