martes, noviembre 11, 2014

41

11/11. Como el sol, brillante, liviano, cercano. Un día simple y alegre, como si el tiempo no hubiese pasado, como si la felicidad siempre hubiera estado al alcance de todas las manos.

domingo, junio 24, 2012

M

M. tenía unos 23, ojos negros, pelo largo del mismo color, voz baja muy sexy, cintura de avispa y un cuerpazo que haría tiritar a cualquiera. Cuando sonreía se le marcaban hoyuelos y sus mejillas se sonrojaban levemente. Un aro en la ceja completaba su estilo. Un día le invité una cerveza. Me dijo que después de las seis de la tarde ella no bebía ni comía, porque se producía un cambio hormonal que hacía que la gente engordara, y ella por nada del mundo quería ser una gordita. A los 30 minutos estábamos bebiendo una cerveza Escudo de un litro en un local de no tan mala muerte. Hablamos de todo, me comentó sobre su miedo a la vejez, de que estudiaba inyectarse bótox para prevenir los estragos de la edad. Me dijo que no aceptaba su cuerpo. -Me estas leseando!!!. Sólo me miró, riendo algo con sus ojos, sin decir nada. Quizás ese día, tal vez otro, fuimos a comer sushi y luego a pasear por un centro comercial con unos yogurth helados en la mano. Me dijo que no era creyente, que le gustaban los animales y que la cerveza le daba un poco de asco porque durante años había carreteado demasiado. M. se suicidó la noche del jueves. Tenía unos 28 años. Lo último que leí de ella fue una nota en su Facebook diciendo "pensando que hacer con mi vida". La recuerdo riendo desordenada, enarcando sus cejas y enrojeciendo sus mejillas. No entiendo porqué lo hizo, aunque quizás lo sospecho y por eso lo escribo. Que en paz descanses M.

sábado, diciembre 31, 2011

2012

Nuevamente en el borde, ahora en el de 2011, recuerdo que la vida está en otra parte, como dijo al parecer un tal Rimbaud.

Nada más falso.

La vida es aquí y ahora, es lo que queda delimitado por un muro de realidad que al empujar o intentar mover nos da una razón de ser, la de sentirnos dignos, a la altura de un fin que nos trascienda.

Así, la vida también está en el intento, no necesariamente en el logro, de cambiar ese límite, pues nada más noble que intentar lo que intuimos es imposible.

Cuando quedan tres horas para caer al vértigo, siento que nada peor que quedarse en la vereda o anclado añorando comenzar a vivir cuando recién arribemos a esa otra orilla. Me quedo con el vibrar de la multitud, con la pulsión y belleza que da la esperanza de dejar de derivar para ser siempre partícipe y dueño de parte de nuestro destino y de todas las opciones de ser feliz.

lunes, mayo 30, 2011

Otoño

Eso era la soledad,
el carcomerse el alma escapando de uno mismo,
el no soportar la voz del yo y su estruendoso silencio.

Esos eran los días.

Hoy son el residuo del mar y su susurro libérrimo,
el navegar sin timón ni pasado que nos gobierne,

El entierro del sollozo y el parto al vacío.

Hoy es el deshojar las horas
prendido a una piel entre los brazos.

jueves, abril 28, 2011

Caminemos

Foto: Mauro

Un cariño a medias es un osario de viejas y buenas intenciones,
un sinfín de siluetas a lo lejos,
varias borrascas en un cuenco de recuerdos.

Un amor perdido es un esqueleto náufrago,
el resplandor residual de un refugio apagado,
el resto al viento de una enseña devorada por gaviotas.

Ven, te invito a reír y caminar conmigo,

Sepultemos esas voces que ya no nos pertenecen,
abramos juntos un nuevo pozo para beber de él,
y superar en la resaca tanto hermoso y antiguo sueño quemado.

lunes, enero 10, 2011

Privado

Es claro, nuestro destino es pisotear el paraíso cuando la puerta se abra y nos inunde luz negra contenida por la sala allá afuera. Es besarnos el uno al otro durante el tañir del rayo, devorar nuestros hombros y morder la comisura del miedo.

Pero aquí quizás esté nuestro cielo, en el sabor que me queda de ti, en tus caderas ceñidas de estrellas, en el pastizal que incendiamos cuando rodamos juntos cayendo a la tierra de la nada.

En este edén no flamea la bandera que alguna vez soñamos para nosotros. Se urde una república de cariño tan cómplice como pasajero, un puente de besos hilado por mis dedos entre tu pelo, hecho a medida, a nuestra medida, cubriendo la distancia que nos separa infinita y nos acerca irremediable.

Un océano en llamas a la sombra del viejo puerto.

miércoles, diciembre 29, 2010

Borde

Foto: Mauro

Recuerdo a mi abuelo cuando diviso el vuelo circular de los pájaros o su aterido tiritar tras el salpicar de un abrevadero. Pareciera que escucho el crepitar del alpiste sobre el suelo de cemento del patio, junto a las Hortensias y la aspereza de las rojas macetas de greda.

El ruido de un bus destartalado y lento trepando por el cerro a la hora de almuerzo. La radio y los programas de carreras de caballos rayados una y otra vez de azul. Una ciudad que ya no existe construida al borde del mar y los cerros. Una antigua sociedad aferrándose al límite para no caer a la pobreza ni desprenderse de todo.

El verde agua del colegio en la vereda del frente, hoy con el color de un pétalo maltratado por el viento y el sol. La recurrencia de cada año para escribir su final los 31 de diciembre, el cruzar la calle para buscar la terraza y su vista infinita. Los pasos apresurados sobre los escalones para presenciar la quema del año sobre el mar.

Recuerdo a mi abuelo cuando llego al borde, cuando el filo del año se aguza con la energía de las almas congregadas y su comunión de gritos, abrazos y lágrimas. Y cuando lanzamos a la hoguera un año agrietado y partido, sé que el tiempo es desmesura, memoria e incógnita, pero no hay voluntad, o concreta indiferencia que sepulte el palpitar del jardín, borre los trazos de la fe esbozada en azul o escarche para siempre los nombres de nadie en el olvido.

lunes, diciembre 13, 2010

Andes

Foto: Mauro

Dejaré que diciembre se alce para verle caer más rápido contra la acera y trizarse rendido de risas blancas y estíos.

Plantado quedará diciembre y sus semillas entre la sombra de los cardos, aquí, donde los límites se diluyen pintados de desmesura.

Mudo le dejaré caer, para recoger sus pedazos, como cuentas de vidrio. Adornando con ellos tus caderas de luciérnagas, sepultando el año y sus 365 cuervos, recogeré sus pedazos para no olvidar tu risa de niña.

Cuando desnuda te encuentre, entre los silentes pastizales, besaré tus tobillos marchitos, abrigaré tus piernas, y dibujaré en ellos la nueva estrella que nace, para que esta vez, nunca más me olvides.

lunes, diciembre 06, 2010

Charco

Foto: Mauro

Se que algo dejé a medio escribir entre las olas del buque de carga, como un espectro al que el miedo olvidó, o el ritmo de tantos recuerdos colgados antes de hundirse de nuevo en si mismos.

Cuando tu silueta duerme, sólo se me ocurre llenar mis manos con el silencio de los témpanos para escribir, sentir tu frío y olvidar que tu invierno, inexorable, va cubriendo nuestro pasado de huesos.

Cuando el cielo sea un caminar de gaviotas, o el río no hile más tantos sueños esquilmados, tu día será mi noche, y su azul de perros soñados esbozará el reír de los girasoles junto a sus soles paridos.

Cuando tu nombre y el mio no sean más el musitar de un callar antiguo, el tú y el yo recobraran sus sílabas, y tu norte será mi sur para reencontrarnos en medio de cada viejo rumbo perdido.

jueves, noviembre 11, 2010

37

"Una historia que camina de espaldas, mirando a un punto concreto pero alejándose de él, en línea recta a lo desconocido". (R. Bolaño)

domingo, octubre 17, 2010

Domingos

Y qué si los domingos por la noche me ponen triste,
y qué si la tristeza se te cuela por los poros y los labios entreabiertos,
y qué si no quedan objetos que duerman en la playa,
o que si los trigales no fuesen más que sembradíos de cruces tumefactas,
y qué si nunca llegamos a estar en ningún lugar realmente,
como si tus pasos y los míos nacieron destinados a no encontrar su horma,
y qué si no hay nadie que nos espere en ningún sitio,
si todos los cuerpos quedan mudos,
y qué si saltamos de aquí al alba o a las cruces,
si nos mudamos de alfombra o de provincia,
justo al medio de ese vacío con que solemos llenar la espera,
y qué si no esperamos porque ya no quedan plumas ni agua,
y qué si noches nada más o si un sillón azul solo en una esquina,
y qué si no hay mi vida, cielo, cariño, amor, te amo,
y qué si aquella puerta azul, que derruida murió en febrero,
ya no se abre más al pasado o al jardín en que solíamos besarnos antes que las caricias transmutaran en grietas,
y qué si caemos inconscientes en la puerta donde pensábamos nacer,
pues nadie fue capaz de pronunciar los nombres que el cielo nos tenía destinados,
y qué si ya no me amas como alguna vez lo hiciste, y tan solo te callas el desgarro que separa nuestras vidas para adornarlo de lirios marchitados,
y qué si hasta tus lágrimas ya no saben a sal cuando se vierten borrando la tinta con la que escribías poemas,
y qué si el aire me obliga a respirar,
o si yo mismo no soy más,
ni yo,
y ya no miras por mis ojos,
ni yo te ilumino.
Dejaré de buscarte, ya no,
rendirse al destino que arrastran las olas nunca fue lo tuyo ni lo mio,
pero y qué,
y que si ya no,
y que si ya no más,
nunca más,
nunca más.


A cuatro manos, gracias a una mujer que escribe con el desgarro de un silencio y vive con la alegría de un sur en primavera.

lunes, septiembre 20, 2010

Independencia

Me declaro independiente a
banderas,
escarapelas,
centros de madres,
clubes de leones y rayuela,
casinos sociales de carabineros,
el comité central y las cooperativas,
empleados y hospitales públicos,
notarios,
curas,
municipalidades, concejales y alcaldes,
profesoras de historia,
partidos políticos,
timbres y estampillas,
uniformes,
desfiles militares,
alocuciones patrióticas,
bandas de guerra,
bailes, cenas y ceremonias oficiales.

En
la sal,
las olas,
el horizonte,
las gaviotas,
la felicidad inocente,
la humanidad de la noche,
el zumbar de las avejas,
el silencio de un bosque,
tus caderas entre mis manos,
el amarillo de los girasoles,
el vibrar de tu sonrisa,
las montañas,
la luz negra,
tus turgencias,
muslos y cabello rojinegro,
las volutas contra los neones,
las servilletas rayadas,
los vasos angulados,
el calor de la arena,
el frío de tus glúteos,
un beso en tu espalda,
las letras,
peliculas.

Pero por sobre todo, en tu cuello entre mis manos,
me declaro libre y feliz.

jueves, septiembre 16, 2010

Relecturas

Conocí al tipo más triste del mundo. Su sombra lo seguía lenta, incansablemente, alcanzándolo sólo para dejarlo ir un instante y alcanzarlo nuevamente, siempre aletargada por la melancolía y la nostalgia, mientras él se dedicaba a vagar junto a la orilla solo.

Mientras lo observaba, advertí de pronto que el presente había dejado de ser mi tiempo y que la memoria me trasladaba a otro sitio atascado en el pasado, enraizando un dejo de tristeza en la boca o la garganta, pues el ya pasó se deposita como un sarro que nos despierta la conciencia de ser finitos.

Entonces, me negué a ver pasar el tiempo trotando a mi lado, sentí el deseo de caminar, olvidando en el muelle al tipo ligado a su sombra. Y por la calle de tierra eché a volar mi imaginación invocando futuro, al tiempo que pasaron caballos, perros, colibríes y dejé atrás floripondios, justo a la hora en que el último resto de sol se alojaba en mi retina y el viento empezaba, una vez más, a desbocarse sobre mi nuevo pueblo.

...

El hombre más feliz del mundo despertó temprano esa mañana. Se sentó en la cama y sintió el frío del suelo de madera que se impregnaba en sus pies. A su espalda sintió el cuerpo tibio de su mujer y enfrente adivinó la aurora tras las cortinas.

Después de seis segundos se puso de pie, y descalzo se dirigió hacia la ventana para divisar el mar tiñéndose de azul bajo un cielo arrebolado. Caminó hacia su derecha, intentando que el suelo no crujiera bajo sus pies, abrió el grifo del agua y mojó su cara y nuca. A los diez segundos fue a la cocina, llenó de agua la tetera y comenzó a calentarla para tomar un té.

Yendo hacia la puerta miró el dormir de su mujer y disfrutó de la belleza de su actitud de abandono, un fugaz recuerdo de aquel total renuncio con que ella culminaba cada noche de caricias. Al abrir la puerta se cruzó de improviso el gato amarillo de la hija que sentía como propia, la misma niña que todos los días corría a abrazarlo cada vez que volvía de la pesca. Sin ya saber más sobre segundos, se detuvo en el marco para mirar el patio, respirar y oír las ranas en el estero a lo lejos. Relajado, se sentó en la pequeña escala que daba al columpio, y contempló la higuera que lo sostenía. Enfrente volaron tres fardelas, dormitaban los botes y se adivinaba el gemir de los cipreses junto a las olas. Se liberó entonces de un antiguo pesar que ahogaba su pecho, y pudo darse cuenta que nadie, nadie podía ser más feliz que él en todo el mundo.