
El mar no tenía ese color verdoso insensible que adquirió durante el verano en el continente. Ese año, el agua era de un azul profundo, de sosegada tarde, un azul que llena sin caber por completo en el ojo, relajándote y aposándose en tu pecho para que descanse el alma.
Los botes, de madera todos, blancos, rojos y verdes, con olor a madera jamás seca, siempre húmeda y salada. Y el viento, el viento siempre, revolviendo todo, intentando arrojarnos de la ladera a la cual nos aferrábamos con dientes y muelas, como gato de espaldas, con la fuerza que sólo la fe, la ambición, el amor, pero también la desesperación, te pueden dar.
Fue la vez en que como nunca llegó pescado a la isla, todos grandes, todos desafiando al mar, intentando llegar más allá de lo que se supone debe llegar un pez, como si nadie les hubiese advertido nunca que ellos no deben salirse del agua, como si no estuviesen enterados de la existencia de límite alguno. Peces voladores, tortugas, peces luna, tiburones y ballenas, toda la fauna con la que soñaste ver cuando niño, una congregación en ese punto del mar a causa de nada, en esa mota, en esa pelusa que ni merece el nombre de accidente en la inmensidad del Pacífico.
Y ese año fue el año en que estuve en ese punto. El año en que me tomé una cerveza en el Bahía y fumé varios Belmont en el muelle, la ocasión en que vi jugar fútbol bajo la lluvia, la noche y el viento eterno, el año en que me puse un Ipod caminando de amanecida por el Palillo, cuando pesqué cangrejos, langostas y peces, el momento en que intenté por todos los medios llegar al techo de isla, como si fuese el del cielo, con la esperanza de rasguñar un poco de eternidad y paz.
Fue la vez en que más escuché a Fito y Coldplay, acumulé proteínas de pescado como nunca, y cuando leí y saqué fotos como poseído. También escribí, a veces bien, a veces muy mal, por el mero placer o por la necesidad de hacerlo, con lectores o sin ellos, con un tema o sin el.
Y nunca olvidé tanto. Nunca acumulé tantos recuerdos para no recurrir a otros con los cuales aprendí es mejor estar en paz.
Fue en el verano de 2006, y en resumen, fue el momento en que, como hace mucho no sucedía, dejé de sentir que estaba feliz para darme cuenta que simplemente, era profundamente feliz.
Nostalgia,
tierra ocre y verde, azul eterno.
Geológica indiferencia socavada,
por el oceánico insistir.
VIOLENTO ABRAZO DE AMANTES EBRIOS
Recuerdo clavado en el alma
Memoria sin tiempo,
celofán acunado en la garganta.
Te deslizas lentamente,
AMANECER DE CENTINELA
ANOCHECER DE VAQUERÍA
Susurras como el crepúsculo,
gritas sin voz como la noche,
volando como el tiempo, como la brisa.
Derramas tu tiempo en mi tiempo
se funde tu presencia a la mía
Por siempre juntos,
Por siempre vida,
Por siempre, isla mía