
Foto: Mauro
El ruido de un bus destartalado y lento trepando por el cerro a la hora de almuerzo. La radio y los programas de carreras de caballos rayados una y otra vez de azul. Una ciudad que ya no existe construida al borde del mar y los cerros. Una antigua sociedad aferrándose al límite para no caer a la pobreza ni desprenderse de todo.
El verde agua del colegio en la vereda del frente, hoy con el color de un pétalo maltratado por el viento y el sol. La recurrencia de cada año para escribir su final los 31 de diciembre, el cruzar la calle para buscar la terraza y su vista infinita. Los pasos apresurados sobre los escalones para presenciar la quema del año sobre el mar.
Recuerdo a mi abuelo cuando llego al borde, cuando el filo del año se aguza con la energía de las almas congregadas y su comunión de gritos, abrazos y lágrimas. Y cuando lanzamos a la hoguera un año agrietado y partido, sé que el tiempo es desmesura, memoria e incógnita, pero no hay voluntad, o concreta indiferencia que sepulte el palpitar del jardín, borre los trazos de la fe esbozada en azul o escarche para siempre los nombres de nadie en el olvido.