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jueves, febrero 12, 2009

Momentos

Foto: Pedro Milanez

Tarde.

Viéndote surgir del Subte, rozando el pasamanos de acero pintado, tu pelo negro y rojo germina desde las entrañas de la tierra para inundar la avenida. Tu presencia rebalsa, trascendiendo tu cuerpo y la lluvia de febrero. La curva de tu cintura desafía la recta trazada entre la acera y los rieles de la estación Callao, todo se conjuga para abofetear la letanía de la multitud que no deja de pasar, sin un porqué ni un donde.

Noche.

De la mano por Bolívar y Defensa, bordeando la hermosa decadencia de la ciudad, sabemos que nuestro pedazo de felicidad respira y anida bajo la fuerza que irradian los árboles junto a la catedral trizada de tiempo. Es tenue nuestro deslizar, como un casco de madera en su roce con el agua, o el susurrar de una hoja agonizante cayendo a tierra.


Bajo los ángeles de piedra posados en lo alto,
entre bandondeones oxidados y pintores prófugos.
No importa el morir de cada día,
el desarme de la ciudad,
ni su furia carcomida.

viernes, enero 16, 2009

Enero

A esa hora de la mañana tenía todas las ganas de enojarme contigo, pero decidí seguir mirando tus fotos. Lucías radiante, con esa sonrisa tan tuya que parece detener el tiempo para grabarlo en la cámara. Tanta felicidad en esas imágenes y ahora yo tan ajeno a ellas, tan distante de los pedazos de tu vida congelados en formato digital para la posteridad.

Sin decir palabra, rumiando ese sentimiento de incomodidad sin disolver, continué revisando las instantáneas que me refregaban en la cara la fragilidad de lo que alguna vez parecieron fuertes lazos de cariño y complicidad. Click tras click, busqué algún signo, algún un guiño que delatase lo que en el fondo temía: el que hubieras reemplazado nuestra otrora inquebrantable compañía por alguna nueva relación más sólida.

Una tras otra, nada descubrí. Simplemente, tu sucesión de miradas y risas. Entonces, a esa hora de la mañana en que tenía todas las ganas de enojarme contigo, simplemente decidí dejarme llevar por el brillo prófugo de tu alegría, envolverme por el velo de paz que caía entre el lente y tu cara. Así, miré el verano por la ventana, busqué el ritmo cansino y gastado de Chet Baker en "My old flame", me alegré por ti, y todo, todo estuvo bien.

lunes, marzo 03, 2008

3


Foto: Night Hawks (Edward Hooper)

Aquella noche pintada, formada por halcones nocturnos y matizada de marrones, anaranjados e implacables sombras al acecho. Aquella postal de cuatro figuras, estando ahí sin estar en ese lugar. Aquella chica de vestido rojo y edad mediana quizás mira sus uñas, esperando callada algo que parece irremediablemente nunca llegar.

Ella y su anhelo, rodeados ambos de tres tipos y dos sombreros con la compañía de una barra semivacía. Ella, en silencio, aquel que nace entre las calles baldías, desoladas, pintando el paisaje interno de los seres incompletos que observamos mientras divagan distantes. Ella y ellos, apenas contenidos en esa delgada burbuja de acuario y luz eléctrica.

Esta otra noche en cambio, llena de trazos simples, construida lentamente por una luminosidad amarilla, por el silencio que mudo habla y por el mar bravío que se adivina sin dejarse ver. Esta otra noche, curva abierta al cielo, desafiando tardes innumeradas, innumerables, y ansias taciturnas. Esta noche ingenuamente ignorante del resto, escéptica al devenir de sombras, teje lento un paisaje nuevo que aún no es del todo, salpicado de un mar que aún no está, y desafía las esperas calladas de algo que parecía irremediablemente nunca llegar.

domingo, febrero 10, 2008

Inti

Se nos viene la noche mujer,

Y tu piel clara parece enmarcada por la oscuridad que llega,
fulgurando contra el trasfondo terso del mar cubierto por tinieblas.

Despunta la noche,
ese espacio en que sólo nosotros estamos,
y entre tu pelo azabache se inflama el rojo,
pincelado como leño abrazado al fuego,
con la impronta de tus labios cálidos,
mordidos,
pintados de carmín,
encendidos por la tibieza de tu cuerpo contra el mío.

Se nos viene el día mujer,

Y pareces acunada por la aurora que nace entre nosotros,
con la paz de tu alma de cristal,
frágil,
como pende de la brizna el rocío,
reposando,
abrazada a mí,
y a la eterna inmensidad de tu atlántica espera.