viernes, septiembre 29, 2006

Pasión


No cabe en la palabra, le falta espacio. Seis letras no son suficientes para contenerla.

Simplemente estalla y ya!, te lanzas al agua, te salta encima, catapultada por un elástico que se estira y se estira, hasta que simplemente: TATE!!. Y hay de muchos tipos, ya que puedes sentir pasión por personas, cosas, actividades, por uncuantohay difícilmente inventariable en verdad. Es que ejemplos hay muchos, familia, trabajo, lo que estudias, la vecina de enfrente, Caterine Zeta Jones, atún en lata con lechuga, limón y mayonesa, política, cine, el fútbol.

Y aquí es cuando me detengo, claro, porque me acabo de acordar que érase una vez muy, muy lejana, en que me gustó el fútbol. En aquellos momentos diluidos por la lluvia, disfrutaba incluso más que verlo, el escucharlo, o sea, apagar el audio de la tv para sintonizar una radio que lo transmitiera, sólo para oir, sentir el pulso del relato, el cual generalmente era mucho mejor y vibrante que el mismo juego.

Sin relato no habría poesía, y es que la poesía puede dibujar la pasión, entregándole vida, feromonas a una realidad a veces algo desteñida. En las palabras del uruguayo Victor Hugo Morales "Ese relato se puede comparar con una emoción violenta de una persona cuando mata, es una cuestión visceral. Tuve la mente en blanco durante algunos segundos sin saber lo que decía".

O sea Don Victor, simplemente, pasión. Con ustedes, lo que verbalizó el Sr. Morales, sin saber bien como ni porqué, un día de 1986.

"...la va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero y va a tocar para Burruchaga..."

"Siempre Maradona. ¡Genio! !Genio! ¡Genio! ¡ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... y Goooooool... Gooooool... Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme..."

"Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos... barrilete cósmico... ¿De qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina.... Argentina dos, Inglaterra cero... Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona... Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina dos, Inglaterra cero..."


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martes, septiembre 19, 2006

Hoy

Foto: Graca Loureiro

Y el día fluía, deslizándose entre las piedras de la orilla.

Brillaba el sol en el cielo, mientras se arremolinaban minutos y recuerdos en la brisa de septiembre como sueños a medio camino. Entonces el momento nos trajo de vuelta, retornamos en el tiempo recobrado a cada paso de esta primavera inconclusa. Respirando un poco, tragando olvido, en la plena luz del recuerdo que trae, satisfecho, una vieja alegría gastada y atesorada en un cajón extraviado.

Luego el instante se deshizo, yendose tal cual llegó, a propósito de todo y de nada, de la mano de la tarde. Sin razón alguna, sin objeto al cual agradecer o culpar, sólo un pedazo de tiempo hecho regalo, un espejismo, un fragmento de pasado que ya se fue para siempre.


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Reggaeton

No me gusta el reggaetón.

Pero por esas cosas de la vida, que tienen que ver con trabajar, ayudar a un amigo, y con que el cliente tiene siempre la razón, este 18 escuché al menos unas 15 hrs seguidas de reggaetón.

FUERTE. NO ES FÁCIL.

Y claro, estoy seguro que a muchos les encanta, por algo se formaban grupos a hacer coreografías para bailar a Daddy Yankee, Reggaeton boys y Residente Calle 13. Pero a mi, treintón outsider, después del undécimo tema mas o menos, me produjo un efecto anestésico, un adormecimiento provocado porque en el fondo (y también en superficie) todos sonaban idénticos, y al rato todo parecía lo mismo, y en verdad, todo daba igual.

El punto es que eso también pensaban, o dejaban de pensar, quienes disfrutaban la musica en el local, o sino no hubiera quedado el desastre que se armaba cuando empezaban los sones inconfundibles del himno de este 18 de septiembre que se fue:

Atrévete te te
Salte del closet
destapaté
quitaté el esmalte
deja de tapaLte
que nadie va a retratarte
Levantaté ponte Hyper

Entonces, sea porque estás anestesiado, por el cansancio acumulado de trabajar-vivir ahí, por las ganas de pasarla bien un rato, porque son las 4 de la mañana, o quizás (cuesta incluso decirlo), porque al final de todo no es tan malo el reggaetón, entonces, sin saber como ni cuando, te das cuenta que estas llevando el ritmo. ¡OH SORPRESA!!!, mientras recuerdas que alguna vez te gustó el heavy metal, ahí, extrañado, dejas inmediatamente de mover los pies, y te das cuenta tus dedos llevan el tema sobre la mesa como si se mandaran solos.

Y la canción sigue, mientras la multitud en trance vibra, grita, pelea, saltando al ritmo de un candombé hip-hop. Miras alrededor, te das cuenta que estás de espectador y que en realidad puede ser aburrido siempre estar dándole vuelta a las cosas, especialmente si estás pasando 20 hrs diarias trabajando con Daddy Yankee de música ambiente .

Ahí miras al suelo, divisando una delgada linea roja...te frotas los ojos (¿¿línea roja??, ¿desprendimiento de retina?), y no, ahí está, claramente dibujada, esa que te dice que para ser actor basta simplemente dar un paso, que es inútil atarte al timón, y que aunque sirviera, es bien monótono o latero hacerlo siempre. Imaginaria, cercana y lejana a la vez, esa raya divide a los analistas compulsivos de los gozadores impenitentes.

En ese momento, mientras ves que alguien agarra una silla para arrojarla a no se quién y a no se dónde, divisas que otro cae al suelo nuevamente, terminas de comerte una empanada de almuerzo-cena, mientras sirves el enésimo destilado de melaza TQL (¿que diablos será eso?), simplemente, en ese instante, das el paso, y te das cuenta, por cinco minutos al menos, que en realidad, el reggaetón puede no ser tan malo al final de todo.

-Relax man. Calmao socito.


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martes, septiembre 12, 2006

Al día siguiente


El día después tiene un dejo de suspiro, uno de alivio, también de satisfacción. Al día siguiente las cosas se ven de otra manera, con la perspectiva que da la distancia y el tiempo. Se produce un quiebre de un modo imperceptible, una trizadura que es un regalo que te da el sueño que separa ambas jornadas.

Y si pasaste un mal rato, una pena por ejemplo, llevas un sabor en la boca, en la garganta más bien. Un "algo" difícilmente describible, moldeable por musica quizás, por sensaciones, como la atmósfera creada en y por Charly Brown con su perro blanco y negro, una sonrisa leve, nostálgica, como compás de blues, jazz o bossa, un no se qué no se donde.

Pero las alegrías de antes también están contigo, te acuerdas, sonríes, se acumula todo y pasa a ser parte tuyo, lo que hiciste siempre, rara vez lo que dejaste de hacer. Y mientras avanza el día, tu transcurres con él, sigues, actúas, recuerdas. Entonces, reconciliado con la memoria, te animas a dar un nuevo paso para seguir adelante, porque simplemente, otro día ya es hoy.

domingo, septiembre 03, 2006

Domingo

Me gustan los domingos en la mañana. Su placidez, el probable contraste con la noche de sábado que pasó, esa sensación de silencio, en la que parece que al fin tienes la oportunidad cierta de despiertar sólo una vez que realmente has descansado. Es como cuando uno era niño, en esas eternas vacaciones de verano de tres meses, entonces despertabas tranquilo, se te abrían los ojos voluntariamente cuando brillaba el sol en la ventana, y no acumulabas ese cansancio que parece llevarse en la raíz del ojo.

Sé que soy afortunado de tener ese silencio en las mañanas, quienes viven junto a una carretera, al lado de un aeropuerto, incluso en las cercanías de una compañía de bomberos, no saben lo que se pierden. En todo caso, ahora que escribo, no sé si realmente uno pueda llamarse afortunado, pues no se si exista algo llamado suerte, "eso" capaz de tocarnos a ratos para entregarnos un poco de felicidad envuelta en una caja de chocolates. Y es que aunque es genial pensar que todo pasa por algo, también es angustiante pensar que todo pasa por nada. Si se trata de estar más tranquilo en todo caso, recomiendo la tercera y misteriosa opción, el lado "C" de las cosas, en este caso, que todo pasa por algo, pero no tenemos idea porqué, asi es que da lo mismo, lo que sucede siempre es lo mejor que puede pasar, norma conocida desde ahora mismo como Ley anti Murphy.

Y así, con ideas que saltan de un lado a otro, desde el domingo, pasando por el descanso, y doblando por el recodo de la suerte y el destino, ahora simplemente escucho el silencio de la mañana, un poco incómodo si te molesta oirte un rato a tí mismo, pero agradable si tienes ganas de pensar, leer o incluso intentar escribir. Entonces, y quizás en un arranque de humana contradicción, o de perfecta coherencia, hoy, domingo en la mañana de un 3 de septiembre, simplemente dejo de escribir, y me largo a escuchar a Mike Patton.

Saludos.

martes, agosto 29, 2006

Muchacha

El primer amor, ese que debería escribirse con mayúscula, marca. Se lleva adentro de sí como un buen recuerdo, también como una cicatriz si quizás no terminó del modo en que todos quisimos que terminara.

Cristina Bustamante, la hija del portero del edificio donde vivía Emilio del Guercio, fue el primer amor de Luis Alberto Spinetta, cuando ambos integraban el grupo Almendra. Y él le hizo una canción, de esas grandes, monumentales, la que tuvo por ocurrencia cantar en público por primera vez, un día de domingo en el teatro Coliseo, luego de una discusión que tuvo con Cristina. Spinetta cantaba, y ella, aún molesta con él, y con la entereza que hace que las mujeres sean el sexo fuerte, simplemente decidió irse caminando por el pasillo hasta dejar el recinto.

Después de eso siguieron juntos un rato, pero la relación se fue deteriorando poco a poco, siguiendo al pie de la letra esa frase que dice que el amor dura lo que dura, y haciendo realidad el final de la canción Blues de Cris: Sus ojos al final olvidaré. Y como todo recuerdo, quedó lo vivido atrapado en la memoria, y para nosotros, la letra de una canción que habla de una mujer, pero también trata del deseo de atrapar cada momento, luchando por vencer la fragilidad de lo que vivimos día a día.

Muchacha ojos de papel,
adonde vas? Quédate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies,
no corras más. Quédate hasta el alba.
Sueña un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol.
Muchacha piel de rayón,
no corras más. Tu tiempo es hoy.
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robare un color.
Muchacha voz de gorrión,
adonde vas? Quédate hasta el da.
Muchacha pechos de miel,
no corras más. Quedate hasta el da.
Duerme un poco y yo entretanto construir
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reir
hasta llorar, hasta llorar.
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robare un color.



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sábado, agosto 26, 2006

Cummings

Jorge Teillier (al centro, Revisa Punto final)

Empecé a escribir esto con sueño, por una razón quizás lógica, son casi las 3 de la mañana de un viernes. Y no sólo tengo sueño, también tengo sed, quizás porque no he tomado mucha agua, en una de esas porque sufro de algún tipo de sed crónica, o lo más probable, debido a los efectos de encaminarse por la senda de los jueves violentos.

Y es que esas travesías, muchas de jueves, pero también de viernes, miércoles o incluso de domingos en la noche, son rondas de papas fritas con chorrillanas, de un enésimo cigarro fumado o visto fumar, acompañados con jarros de cerveza negra "el puerto", y con caminatas cuadras arriba o abajo. Subiendo por Cummings, pasando por Las Rejas, Mi casa, el Dominó, El gato en la ventana, cruzando al Bitácora y al Canario, devolviéndose para llegar al Picante, discutiendo por ir al Kabala, Barposeida o al Ritual y matando la noche nuevamente en El Picante.

Y todo está lleno, ideas van, otras vienen, la noche se hace fría, los quiltros duermen enrollados junto a los postes de luz y la música llena una calle poblada de gente que sube, baja, fuma, bebe, conversa, regalonea, discute y pelea. Y el ambiente palpita, respira distinto, todo transcurre a otro ritmo marcado por tus pies que devoran cuadras y grises aceras empedradas mientras las luces amarillentas decoran cada rincón, cada recodo, como recuerdos que te saltan al encuentro.

Entonces el puerto se hace eterno, querible, añorable, mientras suena una mezcla de rock pesado, cueca, tangos, boleros y canciones de Camilo Sesto, amenizada por el enésimo análisis de una película, iluminada por la imagen de la sonrisa de la niña sentada en mesa del fondo, por un buen chiste o por la luz que se difumina al pasar por el vaso en que bebes tu también enésima cerveza. Y ahí están, son los amigos, los de siempre y los de a veces, los que llegan y los que se van, y baja otra botella, se vacía otro vaso, DOS CHORRILANAS MÁS!!, miras a la niña de la mesa del fondo de nuevo entre el humo, intentando adivinar si te sonríe, o al menos te mira, y cuando se acaba la conversación, el dinero, los cigarros y el trago, y es hora de irse, sólo en ese momento me acuerdo de un fragmento de poema de Teillier que habla de la despedida, entonces camino en dirección al mar, y simplemente, me dirijo nuevamente a casa.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino,
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas que se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto-

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.



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lunes, agosto 21, 2006

Septiembre


Septiembre es el cambio, el equinoccio, el comienzo de esa mitad del año en que se deja atrás esa sucesión de días grises y arropados que construyen el invierno. Y los días crecen, de la mano con la luz que comienza a inundar cada rincón paso a paso.

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

-Altazor, V. Huidobro


Y septiembre es un nudo de ideas, recuerdos, de fechas encontradas unas con otras que se miran a los ojos fijamente. Días que marcan, unen, separan. El 4, 11, 18 no son meros dígitos, guardan en sí significados, simbologías, representan alegrías y profundas penas, grandes inicios y terribles términos, y esa sucesión de recuerdos contenidos en frialdad aritmética, si te detienes a vivirla en serio, golpea un poco, es bastante bipolar, te hace pasar de un ritalín a una inyección de adrenalina con rapidez que pasma.

Para mi el noveno mes es muchas cosas, imágenes, sabores y olores, una bandera en llamas en una sede de gobierno bombardeada, un cumpleaños, dos edificios al suelo, baile, asados, empanadas y vino tinto en alguna ramada. Pero también es el recuerdo de una canción, una de esas viejas que me hacen sentir que no hay caso, que de verdad tengo más de treinta, una que ponía mi viejo en un disco de vinilo con una foto de Neil Diamond en blanco y negro en la portada.

Me gusta septiembre, fundamentalmente anuncia que estamos aquí, que a pesar de todo estamos de pie, seguimos adelante, dejando atrás el frío, las penas, los malos e incluso los buenos recuerdos. Es actitud, es decir fuerte que viviremos, que lo pasaremos bien, y que derrotaremos a todos los que quisieran lo contrario.


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sábado, agosto 19, 2006

Terremoto


Acá tiembla desde siempre, como hace cien años atrás, cuando el 16 de agosto de 1906 un terremoto destruyó Valparaíso, tal cual como el 5 de marzo de 1985, cuando por última vez nos tocó de nuevo el turno y se llevó el edificio en el cual vivía mi familia, y del mismo modo, en que en algún momento sobre el cual nadie tiene precisión alguna, se nos volverá a mover la tierra nuevamente para que ésta se lleve algo con ella. Y es que los terremotos se parecen a la música, a una película o quizá a algún partido de fútbol de "aquellos", pues en todos esos casos se nos viene a la mente lo que estábamos haciendo en ese momento. Puede ser cualquier cosa, lo más insólito o lo más natural, pues te sorprende cuando menos lo esperas, sólo para darte cuenta después que la vida es una sucesión de hechos más o menos bizarros que nunca sopesas mientras estás inmerso en ellos.

Y cuando tiembla fuerte se siente primero un ruido sordo que viene de las entrañas del suelo, un gruñido, como el reclamar de un gordo acostumbrado a dormir siesta y que alega al ser importunado. Luego el gruñido se hace movimiento, pues el sustantivo se hace verbo, y todo es confusión mientras sucede algo que puede durar un segundo o minutos, pues es tan impredecible que lo único concreto es que lo perenne se transforma en frágil, tal cual las lozas de la abuela que se quiebran contra el suelo, como se triza el acuario de tu casa, o del modo en que se viene abajo tu hogar.

-¿Sufrió mucho tu casa?
-No, no sufrió nada, se vino abajo enseguida.

Entonces, mientras todo es agitación, gritos e histeria, de pronto, tan impredeciblemente como cuando llegó, nos sorprende la calma. Y empezamos de nuevo, nos abrazamos, lloramos las heridas, reconstruimos lo reconstruible, terminamos aceptando lo irreconstruible, sólo para comenzar el ciclo nuevamente, aquel cimentado sobre la más incierta de las certezas, aquella que sobrevive contra toda lógica, esa que se basa en el deseo de permanecer y continuar como sea, aún cuando sabemos que un día, lo queramos o no, se vendrá abajo todo de nuevo, y tendremos que recomenzar otra vez.


viernes, agosto 18, 2006

Home, I have no home

Martin Landau y Johnny Deep, interpretando a Bela Lugosi y Ed Wood.

jueves, agosto 17, 2006

Bela

Bela Lugosi, según Martin Landau

Y ahi estaba Bela, anciano, encorvado, deteriorado, pero atento a las instrucciones de Edward Wood, su amigo y director de la película más mala (obviando a "taquillator", de Luis Dimas), y por eso quizás las más querible, de la historia del cine, "Plan 9 del espacio exterior". A pesar de su adicción a la heroína, el otrora vampiro conservaba su estampa grave, dramática, seria, excesiva, esa imagen de chofer o cochero de funeraria que lo avaló siempre en el mundo del cine.

Pero Bela moriría cuando tenía el guión de "Final curtan" en sus manos, tras haber filmado sólo tres minutos de la cinta. Y Wood, queriendo homenajearlo, tomó esos 180 segundos, para incluirlos en otra película, la que lo haría inmortal. Sin embargo, había un detalle,...había muerto, entonces para reemplazar a Lugosi en el resto de la filmación, y a pesar que ambos tenían un parecido igual a cero, convenció al doctor de su novia para que actuara cubriéndose el rostro con una capa, un detalle para Wood, un director que obviaba toda imitación de la realidad con sus escenografías con papel metálico, monstruos de trapo y naves espaciales colgando de cordeles.

Y ese acercamiento para narrar una historia tiene un dejo mágico, es la fantasía de la niñez reflejada en juegos de grande, el hacer suya la idea que una historia tiene una ética distinta a la realidad. En una historia se puede mentir, es aceptable que sea así, lo importante es la narración y quizás su desenlace, de lo contrario el coyote no sería sometido a la tortura continua que le acarrea seguir al odiable pajarraco ese. Y Wood, en su desquiciado entusiasmo por el cine, manejaba con toda ignorancia esos códigos a la perfección, y de paso, sin querer, se acercaba bastante a dibujar una realidad basada en lo aparente, en el parecer, no en el ser, como un actor que se cubre la cara con una sábana para simular lo que no es, y muy similar a un mundo que de un tiempo a esta parte se llena de monstruos caminando entre nosotros.

Lo mismo Bela, quien fue a la tumba vestido como el conde drácula, interpretando siempre al personaje que lo hizo inmortal. Lo mismo que el gran Martin Landau, que encarnó a su vez a Lugosi en la cinta "Ed Wood", dirigida por Burton y que de modo notable nos muestra como el húngaro se compró el delirio de un director que al final logró su sueño, el ser famoso del modo más inesperado posible, tal como esa sorpresa que nos depara el futuro, aquel paisaje difuso a lo lejos cubierto de niebla, al cual no sabemos si llegaremos, ni menos el modo en que lo haremos o en que fallaremos intentándolo.

lunes, agosto 14, 2006

Bajo el cielo

Foto: Alfredo Cunha

Difícilmente somos indiferentes a la lluvia, te gusta, la odias, desespera, te pone nostálgico. Rara vez sólo nos dedicamos a soportar el agua que cae lanzada, con total sumisión y entrega, como si sólo fuese agua, líquido transparente que acorta el breve espacio que nos separa del cielo. Y en Chile, en el sur, la lluvia es fría, bocanada de aire que se mete en tus pulmones, refrescándote el espíritu o enfriándolo, por lo cual corremos al refugio de un abrigo, real o imaginario, de pan amasado y café con leche caliente que nos transporte durante la espera del renacimiento que traerá el nuevo cielo.

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.

Y al esperar el nacer del nuevo cielo, sentimos que éste es leve, instante de amanecer cubierto de lluvia de madrugada. Un lago cubierto de paz sin ninguna rugosidad en sus aguas con la luz quebrando con simpleza infinita cada brizna de pasto. Es el paréntesis, ese lapso de quietud en el cual te detienes simplemente a disfrutar del momento que respiras.

O el espacio del silencio entre mi voz y la voz de alguien revelándome el verdadero nombre de las cosas con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintero del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Y eso se acerca a un momento pleno, un instante de lucidez frágil en el cual simplemente nos damos cuentas de lo felices que somos. Un lapso que en nuestra porfía buscamos una y otra vez, llenándolo de aquello que quizás sacia nuestras necesidades, pero que en verdad no nos entrega esa iluminación plena que nos señala que toda felicidad, al igual que toda nuestra vida, es esencialmente frágil y simple.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido sabiendo que no durarían nada, cortar una rama de pino para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado, o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Y dado que tendemos a buscar la utilidad de las cosas, quizás encontremos un uso para la no-indiferencia que nos causa la lluvia. Es la esperanza que trae, la espera de lo que vendrá, ese imaginar que acabará la lluvia y dejará la tierra limpia una vez más, para comenzar de nuevo, para dejar de masticar ese sabroso trozo de crujiente pan con mantequilla, y simplemente degustar de ese día que no es menos real por sólo existir en nosotros mismos.

Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo, pues siempre podremos reunir sus recuerdos, así como el niño castigado en el patio encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer
ni mañana, mirando el cielo nacido tras la lluvia y escuchando a lo lejos un leve deslizarse de remos en el agua.

Poesía: Bajo el cielo nacido tras la luvia (fragmento). Jorge Teillier.

martes, agosto 08, 2006

Arrasar

¿Y que si quemamos recuerdos, pisadas y huellas?.

Si sólo arrasamos el camino recorrido,
como ovejas hambrientas que devoran cada brizna del monte,
sistemáticas compañeras apacentadas de sueños inconclusos y realidades conclusas.

¿Y que si simplemente destruimos la memoria?,
sorbiendo a cambio sólo del presente,
vaso de vidrio opaco, de bar de puerto,
vaso manchado por mil dedos, ilusiones y desilusiones,
inmune, insensible a una mirada más larga que el brazo que lo alza.

¿Que pasa si arrojamos al mar cada vieja palabra e idea desgastada?.
Caminar a ciegas, quemando el cigarro que ahoga tu pecho.
Avanzar sin parar, sin transar.
Destruir cada instante.
Ignorar cada búsqueda.
Confrontar la impenetrable incerteza sólo a cada paso,
la más improbable, imposible,
la más muda de todas,
la de estar, la de ser,
la de vivir.