viernes, mayo 26, 2006

Superman


Esta idea la oí en algún lado, no se donde, probablemente en alguna película, ¿Kill Bill?. Pero emulando a Charly, me lanzaré a la piscina, eso sí, tomando encuenta de que Charly es único, me dejaré caer agarrado a una idea difusa, la cual parcharé a mi antojo.

Superman es un superhéroe extraño, la inmensa mayoría de ellos son humanos que se disfrazan de superhéroes, pero el no, el es un superhéroe que se disfraza de humano. Y cuando lo hace se viste de un tipo gris, algo asi como un empleado público pero que trabaja en un periódico, bajo perfil, terno gris o negro, corbata, siempre peinado, el Señor Clark Kent.

Entonces, para superman los seres humanos corresponden a tipos como el personaje que el encarna. Gente en definitiva frágil, vulnerable, unos fucking loosers como diría un fucking winner.

Pero este actor extraterrestre tiene una debilidad, bueno la verdad que tiene dos. La primera de ellas es la Kriptonita, trozos de roca de su planeta de origen Kriptón, que lo debilitan despojándolo de todos sus poderes, convirtiéndolo sólo en un Clark Kent de traje azul y rojo con capa.

Así, lo que lo hace vulnerable es el volver a su origen, el regresar a su pasado, el mirar atrás perdiendo la perspectiva de lo que intenta ser, para recordar lo que su historia le obliga a ser.

Pero hay algo más que lo hace vulnerable, Luisa Lane (Lois Lane), el amor de su vida. En una ocasión, ella muere y él, destrozado por el dolor e incapaz de soportarlo, vuela en torno a la tierra para así devolver el tiempo, logrando que el tiempo recobrado le quite el dolor de la pérdida.

Quizás el hace algo muy humano, recurrir a todos los medios a su alcance para arracarse el dolor del pecho. Otra lectura, es que el invulnerable no es capaz de resistir lo que los vulnerables resistimos a cada rato, la vida tal como viene, sin posibilidad alguna de controlarla, sino que sólo de interpretarla, de leerla a nuestro antojo.

En ambos casos, superman resulta no ser tan súper. Ya sea por ser demasiado humano, o según la alternativa que yo me juego, por no estar a la altura de un ser humano.

Seguir la vida de superman es una odisea, hijo de Jor-El y su esposa Lara, su nombre original era Kal-El, siendo adpotado por Jonathan y Martha Kent. Cuando joven tuvo una novia en el pueblo de Smallville, Lana Lang, también periodista, pero que termina casándose con un amigo de Kent, Pete Ross.

Al parecer, su noviazgo adolescente le generó algunas fijaciones con la letra "L", Lana, Lang, Loise, Lane, y su archirrival Lex, Luthor. Amor y odio, todo con L.

Hay algo eso así que supera la ficción, en la historieta actualmente Lex Luthor es presidente de los Estados Unidos. Curioso, ¿no?.

lunes, mayo 22, 2006

Los arrasados

Los arrasados son un grupo, un subgénero pequeño pero numeroso entre los seres humanos. Y son componentes heterogéneos, todos distintos pero muy iguales, personas que entran a la categoría y logran salir en su mayoría después un tiempo variable de permanencia.

Los arrasados se distinguen unos a otros, se reconocen entre ellos porque se desencajan, sus vidas dejan de pertenecer a esa gran mayoría de personas que se limitan a vivir transformando oxígeno en dióxido de carbono para pasarse a las filas de ese resto, de aquel residuo descontento, dolorido, perdedor de algún modo, de esa humanidad que se hermana cuando la pasa mal y se sienta a mirar la vida del resto desde la vereda de enfrente.

Un grupo que en verdad somos todos, pues todos militamos más o menos en él alguna vez en la vida. Los arrasados abruman, son complejos, pero no por ser como son, sino porque son la vida misma, un algo indefinible, inagarrable, incomprensible, un algo que se escribe con muchas palabras que empiezan con "in", son, somos todos quizás, el recuerdo, la indicación de que la verdera plenitud no está en este mundo, que eso simplemente está más allá de nuestras inmensas limitaciones.

Fragilidad


Foto: Stan Metz

La fragilidad pareciera que da vueltas, nos acecha en silencio y fuma tranquilamente bajo un árbol mientras observa cada paso que damos. Lo que hacemos, lo que deseamos, lo que somos, todo pende de un delgado hilo, en apariencia fuerte, pero que no es más que una hebra que se desarma en la ocasión menos pensada.

La vida entera a veces no parece más que una búsqueda, o un esperar que no deja nunca de terminar. La necesidad de satisfacer quizás, llenando ese gran espacio vacío que se abre al confrontar la soledad, acallando el fuerte ruido del silencio profundo o aferrándonos a un poco de seguridad.

Sentimos que todo se acaba, confiamos en que todo se transforme. La fragilidad es un sueño, la compañía en una noche triste de una idea en forma de mujer con pechos de miel, corazón de tiza y ojos de papel, arrebantando la imagen creada por Lucho Spinetta en una canción oxidada por el tiempo.

Muchacha ojos de papel, adonde vas?. Quedate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies, no corras más. Quedate hasta el alba.
Sueña un sueño despacito entre mis manos hasta que por la ventana suba el sol.
Muchacha piel de rayón, no corras más.
Tu tiempo es hoy.


La paz se encuentra quizás al aceptar ese estado permanente de pérdida en nuestro día a día. De ilusiones, afectos, respeto, confianzas, corduras y vidas.

Ante ello, siempre rebeldía, rebeldía siempre. Alzar un muro amalgamado en tranquilidad, paciencia y perdón para elevarse lejos y gritar lleno de fe la inútil y permanente insatisfacción de la carencia de certidumbres.

Regresaré,
una y otra vez,
volando como la noche.

Quizás te encuentre acurrucada,
perdida en la confusión del mundo.
Quizás el mundo te arrebate antes,
quemando tu pecho con el miedo de enfrentar el día a día.

Pero regresaré,
adivinando como escribir tu nombre.

Y no escaparán de mi voz tus pasos,
ni el mar borrará con viento tu figura,
ni el tiempo apagará tu voz para siempre
.

miércoles, mayo 10, 2006

Cazuela


No es una olla, es un plato de comida, una sopa. Pero tampoco es una sopa, es más que eso, es un símbolo, su nombre podría estar en vez de la estrella en la bandera, junto a una empanada de horno y vino tinto.

Es de esos platos para comer en días fríos, de los que producen añoranza del pasado, de esos que uno desearía comer después de una lluvia de invierno, y que son esencialmente democráticos, pues quienes no disfrutan de ella debe ser un grupo ínfimo de personas, seres en su mayoría de sangre azul, tocados por la varita mágica del aristocrático paladar. Parecida al puchero español, pero aderezada con ingenio criollo, de carne de vacuno, pollo, chancho o pavo, simplemente, todas son buenas.

Papa, carne, zapallo, choclo en trozos generosos. Nada de egoismo individualista se cuece en su preparación, algo de arroz, pimienta, sal, porotos verdes quizás.

La cazuela es como el día a día, una metáfora del modo en que vivimos la rutina diaria. Todo en trozos grandes, nada de sutilezas, simplemente abrir la boca y saborear sin tener que dejar nada de lado, pues todo es bueno en ella. Por ello, la cazuela es la vida misma, una que puede ser sabrosa sin necesidad de elaborar mucho, sin tener que cortar o destazar la realidad en sus componentes más primarios para poder llegar a sentir la felicidad.

martes, mayo 09, 2006

La rueda

Todo terminó cuando ella se fue. El día en que ella partió el cielo se vino abajo, cayeron las estrellas y el mundo comenzó a parecer de mentira, aunque lo cierto es que era más verdadero que nunca, pues todo en él no es más que ilusión, construcción de la mente, de los sentidos, creación al parecer concreta e impenetrable, pero en verdad frágil y permeable al dolor.

Y la fragilidad abruma, pues rompe con todo aquello que creemos permanente. Pero ella se fue, tal como llegó, en silencio, con la paz dibujada en su mirada y con la palabra confusión en su frente.

Entonces ya no hubo más. Todo terminó borrado por un soplo.

Pero la rueda de la vida siempre gira, una y otra vez, alzándonos al cielo desde la profundidad más oscura, desde el fría opacidad de un cráter muerto, para lanzarnos hacia la estrella más brillante.

Y se elevó de nuevo un disco dorado sobre el mar, haciendo florecer gladiolos, floripondios y gardenias.

Y el horizonte fue amplio. Ancho como el insondable mar que llena nuestro pecho.

Luego volaron pájaros, bandadas azules y amarillas, que cantaron 24 trinos al dibujar un nuevo nombre en el cielo. Sólo para vivir sin pensar en un nuevo giro, sólo para escuchar bien adentro la melodía compuesta por Dios, simplemente para lograr vivir en paz aquí y ahora.


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sábado, mayo 06, 2006

Los momentos

Hay veces en que uno, nadie sabe bien porqué, llega a sentirse cómodo frente a ciertas mujeres, mujeres que son de un modo que antes no precisaste ni imaginaste, pero con las cuales simplemente entras en contacto y sientes que todo fluye. En esos instantes atípicos, poco comunes, deja de tener sentido cualquier asomo de barrera, secreto o actitud fingida, sobreviviendo a cambio sólo esa red mágica que se teje en silencio mientras ambos ponen sobre la mesa deseos, penas, angustias o alegrías.

Esos momentos se te graban fuerte, sabiendo que debes guardarlos pues difícilmente se repetirán y presintiendo que no debes dejar ir ese instante especial en que simplemente fuiste un poco más tú, o más bien, en que dos personas dejaron salir lo que llevaban dentro de sí, permitiendo que sus vidas se empaparan algo de la esquiva humanidad, conociéndose y reconociéndose el uno en el otro.

sábado, abril 29, 2006

Mi isla


El mar no tenía ese color verdoso insensible que adquirió durante el verano en el continente. Ese año, el agua era de un azul profundo, de sosegada tarde, un azul que llena sin caber por completo en el ojo, relajándote y aposándose en tu pecho para que descanse el alma.

Los botes, de madera todos, blancos, rojos y verdes, con olor a madera jamás seca, siempre húmeda y salada. Y el viento, el viento siempre, revolviendo todo, intentando arrojarnos de la ladera a la cual nos aferrábamos con dientes y muelas, como gato de espaldas, con la fuerza que sólo la fe, la ambición, el amor, pero también la desesperación, te pueden dar.

Fue la vez en que como nunca llegó pescado a la isla, todos grandes, todos desafiando al mar, intentando llegar más allá de lo que se supone debe llegar un pez, como si nadie les hubiese advertido nunca que ellos no deben salirse del agua, como si no estuviesen enterados de la existencia de límite alguno. Peces voladores, tortugas, peces luna, tiburones y ballenas, toda la fauna con la que soñaste ver cuando niño, una congregación en ese punto del mar a causa de nada, en esa mota, en esa pelusa que ni merece el nombre de accidente en la inmensidad del Pacífico.

Y ese año fue el año en que estuve en ese punto. El año en que me tomé una cerveza en el Bahía y fumé varios Belmont en el muelle, la ocasión en que vi jugar fútbol bajo la lluvia, la noche y el viento eterno, el año en que me puse un Ipod caminando de amanecida por el Palillo, cuando pesqué cangrejos, langostas y peces, el momento en que intenté por todos los medios llegar al techo de isla, como si fuese el del cielo, con la esperanza de rasguñar un poco de eternidad y paz.

Fue la vez en que más escuché a Fito y Coldplay, acumulé proteínas de pescado como nunca, y cuando leí y saqué fotos como poseído. También escribí, a veces bien, a veces muy mal, por el mero placer o por la necesidad de hacerlo, con lectores o sin ellos, con un tema o sin el.

Y nunca olvidé tanto. Nunca acumulé tantos recuerdos para no recurrir a otros con los cuales aprendí es mejor estar en paz.

Fue en el verano de 2006, y en resumen, fue el momento en que, como hace mucho no sucedía, dejé de sentir que estaba feliz para darme cuenta que simplemente, era profundamente feliz.

Nostalgia,
tierra ocre y verde, azul eterno.

Geológica indiferencia socavada,
por el oceánico insistir.

VIOLENTO ABRAZO DE AMANTES EBRIOS

Recuerdo clavado en el alma
Memoria sin tiempo,
celofán acunado en la garganta.

Te deslizas lentamente,

AMANECER DE CENTINELA
ANOCHECER DE VAQUERÍA

Susurras como el crepúsculo,
gritas sin voz como la noche,
volando como el tiempo, como la brisa.

Derramas tu tiempo en mi tiempo
se funde tu presencia a la mía

Por siempre juntos,
Por siempre vida,
Por siempre, isla mía

Nostalgia



Siento un vacío en el pecho.

Como si hubiese llegado el momento de perder algo, pese a que aún no pierdo nada. Es el cosquilleo de la anticipación, la premura del tiempo que quisiera aferrar para que no pase.

Llega sin aviso alguno,
con la rapidez de un grito,
la sorpresa de una caída.

Tiene la inminencia del trueno,
y escrita en su frente, la sombra de lo inevitable.

Se introduce en el pecho y anuda la garganta,
mientras comienza y se va el día,
masticando momentos,
acumulando recuerdos.

llevando a las entrañas,
el fuego del recuerdo,
la luz de la memoria,el sabor de estar, sin estar nunca más.

jueves, abril 20, 2006

3 de 5

Negación
Ira
Negociación
Depresión
Aceptación

Las etapas que se suceden antes para asumir algo. Ese algo puede ser una decepción, un trauma, una pérdida, un algo que nos marca en la vida a fuego, con un signo indeleble que quizás superes pero que no olvidarás nunca. Mientras escribo escucho “La Conquistada”, de Los jaivas, y pensaba que bajo la influencia de la cuarta etapa se ha escrito gran parte de la música y literatura, que para transmitir poesía te tiene que doler algo.

Contemplando en la memoria hacia aquel lugar,
En el horizonte de mi mente se ha escondido el sol,
Como un recuerdo que me llega de su corazón,
Ella no existe más
Ella es una nube que un beso ardiente derritió
Ella es una nube que el viento conquistó



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Bueno, ¿no?. Ok, un poco pegado quizás, pero lo pegado no quita lo bueno. Volviendo a las etapas, entre negar y aceptar hay sólo tres estaciones más ¿que será lo que falta para dar el otro pas?, o ¿que será lo que hay que aceptar para dejar la depresión?.

¿Será que nos negamos a aceptar?, ¿será nuestra incontrarrestable rebeldía a aceptar la realidad?, ¿que la depresión es un tanto adictiva? ¿o que es un estado anímico profundo grabado en alguna secuencia de aminoácidos en nuestro ADN?. La verdad, a mi corazón siempre adolescente le gustaría pensar que es pura rebeldía. Nos rebelamos, por eso no aceptamos.

Ser no ser
¿Que será preferible me pregunto?
¿Soportar los embates del destino funesto?
¿o rebelarse contra ese mar de tribulaciones
y terminar con ellas para siempre?.


Si fuese así, además de ser una guapeza, estaría justificado el haber citado a Hamlet allá arriba, pero parece que lo que me gustaría no es. Hay algo que nos impide dar el paso, trepar el último peldaño para aceptar. El aceptar nuestra soledad final creo yo, no aquella que se va cuando estás con amigos pasándola bien, ni aquella que se supera con afecto, sino una más intrínseca, el tener conciencia de nosotros mismos, y la intuición de saber que llegamos solos a este mundo y nos iremos solos de él.

Quizás la carencia de tiempo para nosotros simplemente nos cierra la única posibilidad de enfrentar el problema de la soledad, el encontrarle un sentido a todo lo que haces en tu día a día, superando la rutina: dormir-ir al trabajo-volver a casa-dormir. Nos impide, por ejemplo, hallarle un sentido a la depresión y escribir algo tan bueno para un amigo muerto, Alberto Rojas Jiménez, tal como lo hizo Pablo Neruda, y que con la arrogancia increíble que puede dar la distancia, me permití continuar a mi modo.

Vienes volando, solo, solitario,
Solo entre muertos, para siempre solo,
Vienes volando sin sombra y sin nombre

Vienes volando en un escalofrío,
Susurro entre árboles sombríos,
Llegas en silencio, deslizando tus pupilas sin luz
entre la pétrea frialdad de la costa,
pecho abierto, envuelto por el frío azul de la noche

Vienes volando mientras todo gira y nada se detiene
Gritando en silencio tu soledad de monte,
Se desgarra tu boca entre los verdes cipreses.
Vienes volando, sin hogar, sin tiempo,
simplemente solo.

Y es la tarde cuando vienes,
cuando el mundo se posa en tu mirada,
cuando el tiempo se desliza entre tus manos sin tiempo,
cuando te aferras al instante,
mientras nadie puede verte,
sin poder nombrarte,
sin poder estar con nadie, sin saber que ya has llegado

Pilsener

La Cristal me recuerda la palabra "pilsener", tiene etiqueta verde y amarilla, y apela a un nacionalismo teñido, oxigenado, falso como zapato de payaso, con una chica rubia en bikini (TREMENDA) con un titulo abajo que dice "Unica, Grande, Nuestra". Personalmente su sabor (el de la Cristal, obviamente), especialmente después de beber 1 litro, me recuerda a la orina de gato, claro, después de que te tomas tres litros hasta la puedes encontrar buena (la Cristal, la chica siempre).

La Escudo en cambio tiene una etiqueta roja con letras blancas, un sabor más fuerte, más amarga quizás y suena a "cerveza", no a "pilsener". No hay chicas rubias en bikini, pero si hay gente joven, universitarios relajados. Busca asociarse, posicionarse más bien, con conceptos asociados a "carácter" y "actitud".

¿Y que tiene que ver todo eso?. Pues, es que hoy me tomé una Escudo entera, la individual de 1 litro. Podía elegir entre Cristal y Escudo, entre la rubia y la actitud, pero abracé por la cintura a la actitud.

Uno siempre elige en la vida, ¿no?, a cada rato, en cada instante, te enfrentas a múltiples alternativas y ante eso, escoges, elijes, te la juegas por algo. Y así construyes tu vida, sumatoria de una infinidad de elecciones, dejando en el camino un sinnúmero de alternativas desechadas. Pepsi o Coca, Roncola o Piscola, arriba o abajo, izquierda o derecha, seguir juntos o romper, quedarse en casa o salir, ella o la otra, tomate palta mayo o barros luco.

La vida entera es un sinnúmero de elecciones que uno mismo debe llevar a cabo, pensando, sopesando y decidiendo por lo mejor o, al menos, por lo menos malo. Sin ruta, sin camino, simplemente te lanzas a la noche, al bosque sin linterna ni brújula.

Es buena la Escudo, eso sí después de tomarte una, a algunos nos dan ganas de escribir. Tonterías quizás, tal vez no tanto, pero lo que es yo, entre Cristal y Escudo, obviamente, Escudo siempre.

martes, abril 11, 2006

Frio y fuga



Hoy hace frío. Un frío que duele, en los huesos, en las manos.

Como siempre hay viento, estuvo el día entero despejado con sol, pero esa sensación de desolación que da el frío no nos dejó en ningún momento. Y me dio hambre, ¿a todos les dará hambre cuando hace frío?, pero no cualquier hambre, de sopa caliente, de un ajiaco, de sopaipillas recién fritas, de chocolate con leche caliente con pan amasado recién salido del horno untado con mantequilla-mantequilla, no mantequilla light, cero colesterol, sin sal, margarina o lo que sea, simplemente mantequilla.

Y el puerto aún está cerrado, sigue la marejada saliendo de la bahía, nadie puede zarpar, y estar en tierra se transforma en una cárcel. Una sin barrotes ni gendarmes, sólo una en la cual salir cuando se te dé la gana es imposible, una cárcel-isla, como Alcatraz.

Pero de Alcatraz escapó un tipo, eso cuenta la leyenda, aunque la realidad debería hacernos sospechar que en verdad murió ahogado por una hipotermia. Clint Eastwood interpretó el mito en una película en la cual también hay un pintor que se suicida cuando le quitan su pintura porque al Alcaide no le gustó el retrato que hizo de él, y en donde mezcla cemento y papel para construir muñecos y flotadores y así cruzar la bahía de San Francisco, según el viejo Clint leyó en Mecánica Popular.

Si Eastwood pudo, nosotros también podemos, ¿no?. Escapar al fin y al cabo no es tan difícil, huir no es para nada algo improbable, siempre es mucho más difícil quedarse y afrontar, poner el pecho a las balas. Pero hoy prefiero una fuga, por ordinaria, rasca o poco original que sea, una que me saque y me transporte, en el lomo de la música por ejemplo, como una película con ese nombre que quiero y no puedo ver.

Pero sigo acá, y sólo puedo desaparecer un rato pensando en ajiacos o sopaipillas, y escribiendo de Eastwood, mantequilla, o sobre una isla llamada Alcatraz.

jueves, marzo 30, 2006

Escribir

Me gusta escribir. Y es raro decirlo, pues nunca escribí antes como lo intento hacer ahora. Antes siempre leí, a veces compulsiva, pertinaz, casi patológicamente, pero escribir era algo extraño, de otra dimensión, estaba fuera de mi foco diario.

Pero un día, en una ocasión de esas que ocurren sin un motivo determinado, pero que descubres fue detonada por eso que llamamos casualidad, simplemente me largué a escribir. Y me gustó, no por el resultado, sino por el proceso, el proceso de intentar dar coherencias a ideas que luchan unas con otras por ser expresadas sin ton ni son.

Escribir tiene algo terapéutico, es un desafío, un reto a ver si eres capaz de articular un todo comprensible, sensible, entre la maraña de maleza que uno suele tener en el cerebro. También es libertario, es saltar del séptimo piso a la piscina, como Charly en Mendoza, sin un objetivo claro, simplemente por ver si uno es capaz de hacerlo.

Quien lee claro, no piensa así probablemente, simplemente espera entender, sentir algo en la lectura, busca que el texto imprima, quizás saque algo de su mente, o enriquezca esos 21 grs que llamamos alma. En ese sentido quien lee es más sincero, más simple en sus intenciones, quien escribe en cambio, manipula, y lo hace utilizando el medio escrito para probar sus posibilidades, sentirse mejor vertiendo lo que tiene adentro o influir en otras personas. Sin embargo hay algo que lo salva de tan egoístas intenciones, el espíritu suicida, el salto al vacío requiere valor para exponer ideas y entrecruzarlas, sean propias o prestadas, con el riesgo de ser incomprendido o comprendido en demasía.


Bueno, ya lo dije, desde hace poco tiempo me gusta escribir. Y me gusta ver como las ideas se entrelazan, a veces mal, a veces mejor, formando un todo. Una creación que de algún modo es un mundo propio que en su proceso de formación puede sanarte, redimirte, hacerte entender, o simplemente lograr que olvidar la realidad que no termina de hacerte sentir cómodo del todo


Marcas

En las noches despejadas, si uno mira al cielo, pareciera que las estrellas se viniesen hacia ti. Hay poca luz artificial, y en el medio del Pacífico las luces del pueblo no son más que un tenue destello que no logra abrir el velo de oscuridad.

En el medio del cielo, cruzándolo en diagonal, las millones de estrellas del resto de la Vía Láctea son sólo una mancha nebulosa, lo mismo las nubes de Magallanes, igualmente Orión, el cazador. Allá arriba está cubierto de nombres, algunos que conozco y otros que no sospecho cuales son (pero si es necesario inventaría).

Igual que en la isla. Acá los nombres riegan todo, cada roca, punta, cerro, mancha, todo pareciera estar identificado y nombrado. Giganta, Los toros, La caida de agua, Punta bacalao, El francés, La pesca de los viejos, El sauce, Piedra negra, Lobería, El pangal, El palillo, El inglés, El encierro, El mono, Pesquero camacho, Vaquería, La oreja de conejo, El viudo, etc.

Todo nombrado, todo clasificado, porque todo sirve como orientación para navegar cuando no hay GPS, lo mismo que las estrellas, marcas en el cielo para pescadores y marinos de otros tiempos. Marcas que por ejemplo, permitieron al papá del choche y abuelo del chunca navegar 350 millas en una bote a vela hasta el continente una vez que se les perdió la isla en medio de la niebla hace unos 60 años atrás.

En todo caso, pareciera que la gente se esfuerza obsesivamente por nombrar todo. Los pescadores no se conocen por sus nombres, sino que por sus sobrenombres. El pastilla, El chunca, Pelluco, Churreco, Caque' pollo, El charqui, El queen, Gigante, Tunga, Lonqui, El manteca, Mariachi, Popito, Chicho, El tronco, Quelo, Cocharita.

Todo por orientarte, todo por saber con quien hablas, adonde vas, o al menos desde donde vienes, porque si no tenemos idea donde dirigirnos estamos irremediablemente perdidos en el aquí y el ahora. Como cuando la vida pierde el rumbo, porque lo que ibas a hacer ya no podrá ser nunca más, entonces quizás haya que buscar alguna marca, mirar alrededor y bautizar, dar un nombre, dar un sentido en definitiva, pues al nombrar las cosas éstas comienzan a existir, a ser, a diferenciarse de un resto de realidad algo amorfa.

Alguien debe nombrar un árbol para que éste comience a ser uno y no, por ejemplo, un dedo que Dios puso en la tierra apuntando al cielo. Para enfilar rumbo uno necesita de un sentido para que te lleve adonde quieras, partiendo siempre del supuesto que una persona tiene dentro de sí la voluntad de querer.

Siempre estuvo súper claro para los pescadores