Foto: MauroEs tan sólo despertar sin tener que sentir en la espalda el peso de tanto comienzo. Sin que los dedos acaricien el borde del que bebes lento, sin erizar cada segundo, ni devorar a dentelladas la nueva mañana.
Es tan sólo el comulgar del aleteo de los pájaros con el trinar de la brisa, el crujir de unos cabellos, la caricia entre dos manos. El descanso borrando conciencias genuflectas y realidades complacientes.
Es el día después.
Cuanto árbol incendiado agoniza derribado.
Cuanto cielo inventado por nuestra fantasía y vejado por nuestra realidad.
Pero es el día después.
Como si cada duelo pudiese terminar.
Como si el mundo nos perdonara,
abriéramos los ojos,
nos diéramos cuenta de que somos felices,
y aún podemos serlo para siempre.
Es tan sólo el comulgar del aleteo de los pájaros con el trinar de la brisa, el crujir de unos cabellos, la caricia entre dos manos. El descanso borrando conciencias genuflectas y realidades complacientes.
Es el día después.
Cuanto árbol incendiado agoniza derribado.
Cuanto cielo inventado por nuestra fantasía y vejado por nuestra realidad.
Pero es el día después.
Como si cada duelo pudiese terminar.
Como si el mundo nos perdonara,
abriéramos los ojos,
nos diéramos cuenta de que somos felices,
y aún podemos serlo para siempre.






