martes, julio 17, 2007

Kábala

Foto: Francisco Lopes

Oscurece, sopla una brisa cálida, extraña para el mes de julio.

Inevitablemente la sed acorrala, mientras resuena la voz aguardentosa, raspada y cancerosa de Sabina. Dirijo los pasos a la barra cubierta de piedras coloreadas, haciendo el quite a las mesas con pálidos manteles plásticos, para pedir una jarra de vino tinto tibio con naranja, azucar y canela.

Todos fuman, incluso quienes no tienen un cigarro encendido en la mano. Muchos hablan, mientras un resto escucha y los restantes simplemente se pierden en el zumbido monocorde de palabras cada vez más incoherentes mientras la noche toma posesión del día.

Suena La Bifurcada. Saco un cigarro y lo mantengo entre los dedos sin encenderlo. Me hablas de algo que no logro captar entre la voz de Adrián Otero, las risas y el humo del cigarro.

- Es que el mundo en verdad es sólo ilusión, alcanzo a escucharte.

Y te miro preguntándome si el cigarro, el vaso angulado con la impresión de una huella digital en él, las risas, Memphis la blusera, incluso tu y yo, entramos en la categoría del mundo de las ideas. No digo nada, y me sumo al coro,

Si te vas, no, no, no me voy a matar.


- Yo quería ser Madonna.
- ¿Madonna?!, o sea, ¿Madonna-Madonna?
- Sí, ella misma. Me gustaba usar medias rotas y me ponía gel en el pelo para hacer coreografías con mis amigas.

Disimulo para no sonreir, y te miro de reojo las piernas, imaginándolas con medias rosadas de diva pop, cuidadosamente cortadas para parecer casualmente destrozadas.

- Nunca entendí porque las mujeres querían ser Madonna.
- Es que ella es lo máximo, es como la super mujer, y además, por Sean Penn.
- ¿Cual es ese?, ¿uno parecido a Al Pacino? pregunto, recordando al actor de Mistic River.

- ¿Ves?, no se puede hablar contigo, nunca te tomas algo en serio. Al Pacino es un viejo que ya era viejo cuando salió en Scarface, cuando hacía de cocinero con la Michelle Pfeifer de mesera en esa pelicula con música de Debussy, o cuando bailaba tango de ciego peinado hacia atrás con una niña. Nada que ver con Sean Penn.

- Bueno, tu empezaste. Dijiste que querías ser Madonna.
- Eso era en serio.
- Ajá.

La brisa tibia se fue hace rato. Tomo algo de vino, el navegao está genial, calienta el vaso entre los dedos, haciendo menos fría la noche y menos tirante el silencio. Te pones de pie de improviso.

-¿Adonde vas?.
-A mi casa, sola.

Y te largas rápido del local coloreado por mosaicos, partituras, rayados y pinturas, con tu andar y tus piernas de chica material, mientras sigue resonando el blues sobre el murmullo de zumbidos monocordes.

Pienso si acaso en verdad todo es ilusión, y si en el mundo de las ideas las palabras tampoco salen cuando no hay ganas de que sean pronunciadas. Prendo el cigarro sólo para apagarlo de nuevo. Ya subió la luna hace un rato, y ya bajó el frío hace un poco, ese que no impide unirse al coro de La Bifurcada, para volver a cantar con Adrián Otero, una noche cualquiera, en un local con una barra de piedras coloreadas, entre las mesas cubiertas por pálidos manteles plásticos.

martes, julio 10, 2007

Bandada

Foto: Alberto Monteiro

Simplemente, todo quedó en el pasado.

Sí. Las urgencias, aquellas prisas, esos momentos perdidos que extrañaste o te saltaron al camino desde una esquina, una acera, o algún recoveco semiescondido.

Todo debía ordenarse tal vez, quizás estaba escrito de ese modo. Resultó después de tantas vueltas que pocas cosas en verdad eran tan importantes, o al menos, que el deseo de seguir era más fuerte que todo aquello que te retenía atando los pasos.

Es que todo quedó atrás, en el recuerdo que se elevó con desorden de bandada, sin aviso alguno, para hacer liviano el pasar y abrir la huella. Y mirando las palomas, sentado en algún banco junto al camino, lo dices tranquilo, con toda paz, saboreando el rato, sorprendido por esa revelación que te haces a tí mismo sin más ni menos.

Es que ya lo sabes. El momento que esperaste hace mucho ya llegó, y simplemente, todo quedó atrás.

lunes, julio 02, 2007

Ajiaco

Foto: Francisco Maximo

Oscurece, y te miro entre el vapor que despide la sopa caliente. Sin que lo notes, te observo callado, mientras se enfría lenta la tarde que nos rodea. En silencio ese espacio vacío ente los dos, en ascuas el viento afuera, ese flujo amarillo que baja implacable, intermitente, sólo para desperdigarse sin rumbo en la bahía.

Esperando están más allá las olas. Se escurren sus aguas, deslizándose tenues entre la grava que bordea la orilla, frotando las algas sembradas en las piedras porosas acurrucadas silentes como fardelas.

El caldo entibia, mientras cada instante transcurre despacio, iluminado por la tenue luz que acompaña tu silencio.

Sabes bien que me calma esa quietud tan tuya, el contraste de tu mirar con el desorden permanente de tu pelo negro.

Sabes bien que esperé este silencio mucho tiempo, este que cae sobre nosotros mientras nos comunicamos sin más. El sonido quedo en donde decir algo sobra, mientras estamos concientes de que permanecemos unidos simplemente por la hebra invisible que une tu extremo y el mío.

Entre el aire que se dibuja en el vapor que emerge de la sopa caliente-digo yo.

O al ritmo de un vals para una noche-dices tu.

Y mientras mi cuchara acaba con el útimo rastro que permanece en el plato, no digo palabra alguna, y me doy cuenta que tienes toda la razón del mundo.

domingo, junio 10, 2007

Todos


Foto: Alberto Monteiro

Ese extraño mar de junio luce terso y turquesa, contrasta con la negra arena que lo contempla desde la vereda de enfrente durante el mismo mes.Y aunque eso pareciera, quizás no es lluvia lo que cae, posiblemente sea sólo una gota de dolor, una que preferimos no nombrar ni mencionar, pero que sabemos reposa en el fondo de las aguas. Tal vez en verdad es sólo una marca de despedida, un recuerdo y una huella que decidió dormir acurrucada, pues prefirió arroparse oculta bajo las olas.

Llueve sobre mojado tal vez, y entre la cortina que cae desde lo alto, brilla esa multitud de rostros tranquilos con entereza bajo la llovizna persistente, todos dando la cara, enfrentando el agua que desborda. Tres, cuatro jornadas, una sucesión de silencios extraños, tiznados de resignación, de espera, días que parecen años buscando para encontrar esa huella, esa que yace en algún rincón, cubierta de un cielo líquido turquesa cualquiera de estos días de junio.

Esperaremos ese día,
aquel que nos une,
ese en que todos estaremos nuevamente riendo en el mar.

sábado, mayo 26, 2007

Junio

Foto: wweeggee (http://www.fotopunto.com/17926)

No hay mucha originalidad en los pasos, lucen repetitivos, parecen posarse una vez más en el mismo camino recorrido mil veces en esa huella que lleva a casa. Quizás el frío se ha ensañado este mes que comienza, adormeciendo las ideas, la originalidad, o tal vez, simplemente se ha dedicado a lo suyo, infiltrar cada instante, adelgazar el aire para que logre entrar invariablemente frío a los pulmones.

En ese rápido transcurrir entre la brisa intensa, la ciudad parece absorber, callada, oscura. Recordando, evocando, similar a lo que era sumergirse en el mar de Chile un día de junio, pero de 1995, un agua siempre gélida, una que mareaba al contacto con la piel, descontrolando la respiración, imposibilitando alcanzar la cadencia para así dirigirse a destino, y desatando de paso la furia, la rabia por arrancar, evitando la marca del metal frío en la piel.

Nadar entonces era una lucha constante contra el oleaje, era sentir la sal en la boca, bregando por mantener el control de los movimientos en una pelea solitaria, contrastante con el cielo eterno con su indiferencia celeste.

Caminar ahora, es dejar atrás rápido las aceras mudas para acercarse a casa y evitar la brisa que te mantiene aterido. Frente a la realidad de frío y prisa, ahora la imaginación es un regalo.

Antes, salía a la playa, feliz con la piel entumecida, roja de frío. Y aunque siempre está el mar, y aún está la posibilidad de ser tan loco como para nadar en él en invierno, hoy al menos, simplemente toco la reja negra para abrir la puerta, entro a mi casa, enciendo una estufa, y mientras se calienta la habitación, miro alrededor y sé que en verdad ya no es 1995.

miércoles, mayo 23, 2007

Contexto

Suena el ritmo de la noche, por alguna extraña y genial razón, el frío no es intenso hoy, parece sólo una bocanada de aire fresco que se filtra desde mar, o quizás del fondo de la tierra. Una bendición para liberarte y dejar atrás un día de trabajo.

La gente repleta el local, se mueven vasos, copas, botellas. El humo es el pizarrón donde las luces se dibujan apuntando al escenario, mientras las cervezas negras, rojas y amarillas usan su espacio para llenar las mesas de madera.

- Me hablan.

Y me concentro para escuchar, justo al lado de la guitarra electroacústica que suena, la risa de muchos y el silencio de pocos.

- Me hablan.

Pero no es fácil captar lo que me dicen, me llegan sólo palabras aisladas, las que interpreto y amalgamo para reconstruir frases, las ideas más probables en un contexto que ya me resulta más que familiar en una noche de charla, el intento y la ruptura.

Ahora cantan, se escucha un rumor plano de fondo, y dos guitarras dialogan en el escenario mientras desde una mesa un grupo grita en inglés que son marines. Miro mi vaso cervecero, lo aprieto un poco en la mano mientras mentalmente viajo a un lugar que no es ahí, noto entonces que todo es silencio, pues ya no hay música, menos aún el ruido blanco que llenaba el espacio segundos atrás. Bebo algo de cerveza, escucho las guitarras, imagino una sonrisa que no está, y recién me doy cuenta que me hablan nuevamente, en un contexto que ya me resulta más que familiar en una noche de charla, el intento y la ruptura.

viernes, mayo 11, 2007

Viernes

Foto: Alberto Montero

Como siempre, como tantas veces, estás callada, ausente más bien. En silencio, desconectada profundamente de todo cuanto te rodea. Te miro, con la inexplicable necesidad de decirte algo, con el perentorio mandato de vocalizar para así compartir la noticia que hoy me dieron.

Pero estás sumergida en el silencio inmutable de la rutina diaria, esa que yo mismo transité tantas veces antes, participando en la carrera desbocada para construir ese recuadro íntimo que aísla, protege, y blinda.

Sí, es cierto, quizás todo esto no es más que un viernes frío como pocos, cerrado en sí mismo, uno que palpita menos de lo que debiese un viernes. O tal vez es este invierno el debiera quedar atrás de una vez, relegado por el clamor de los pasos que a esta hora seguro desembocan en El Puerto, bosquejado en lo que queda del día por el pegoteo incesante de letras en el muro de la noche.

Viernes.

Entre tu silencio y el mío, me quedaré esta vez con un domingo, uno de sol bajo un cielo azul atravesado por la brisa, por el rumor del oleaje en las rocas de la caleta. Un séptimo día con botes tricolores durmiendo en la arena. Ese día, refrescado por las cervezas frías, acompañado de empanadas fritas, iluminado por algo tan simple como compartir a la luz de la alegría, es aquel que quiero traer a este viernes de despedida. Uno para contemplar tranquilo, cruzado por la contradicción de lo que se va y lo que queda, como tú, como yo, tan lejos tantas veces y tan cerca muchas otras.

sábado, abril 28, 2007

Errazuriz

Foto: Alberto Montero

Hace frío, ya es invierno en verdad, aunque el calendario se niegue a reconocerlo.

Y caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar, me doy cuenta que me gusta transitar contigo especialmente a esta hora. Es que a ratos, especialmente después de una buena salida, pareces adornada por la espontaneidad que te entregan algunos tragos de más, el enésimo cigarro fumado, la mezcla ininteliglible de música, charlas inconexas, miradas y caricias fugaces que consumimos por varias horas en algún sitio de nombre difuso.

Pareciera que estos episodios, ocasiones que inexorablemente se hacen cada vez más a lo lejos, gatillan la complicidad, la mejor conexión, esa tan difícil de definir siempre. Lo que sucede es que quizás lo nuestro no sea ni más ni menos eso, una sucesión porfiada de encuentros geniales en la que se intercala un mar de realidades empeñado en ahogar nuestros buenos momentos y promesas.

Pero que importa en verdad todo lo anterior, sabes bien que no son más que letras, frases extraña y misteriosamente ensambladas por una noche sin dormir, tal vez alentadas por el alcohol, o por esa sonrisa indescifrable e indescriptible que creas con toda la naturalidad del mundo cuando transitamos difícilmente equilibrados por alguna calle gris. Al fin y al cabo, quizás las palabras puedan crear un mundo, una circunstancia de bolsillo nueva para releer en algún momento de soledad profunda, pero bien sabes que nada, nada es más real que el estar aquí y ahora juntos, caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar.

sábado, abril 21, 2007

New York

Foto: Rocío Cabrera

Es de noche.

Resuena a lo lejos un apagado devenir, el ahogado rumor de pisadas silentes.

El frío te acicala bajo el pálido reflejo de la luna en la vereda. Las calles, semidormidas, desganadas pese al despiadado murmullo que las veja a cada instante.

Resuenan pasos sordos, acechan luces pálidas. Los hombres escapan, se rebelan, corren a casa o buscan un atisbo de luz al calor de una luminaria neón, de un cigarrillo aterido fumado de cara al viento helado que corta la piel.

Los sentidos se agudizan, el entorno se dibuja de la mano de tus pupilas dilatadas. Sabes que será pronto, no sabes donde ni cuando.

Un encendedor vacilante intenta dar fuego, entregar vida a alguna colilla olvidada en un bolsillo ajeno. La luz se ha ido, sólo queda el azuloso residuo de su pálido reflejo, el amarillo y angustioso trinar de un frío tunsgteno titilante en la sombra, la lucha perdida de antemano por la lana tejida que cubre tus dedos.

Las certezas se marchan, enhebradas por el eje en torno al cual giran tus brazos. Sólo recuerdos, amores e instintos persisten, aguzados por la oscuridad, por el frío resplandor del parabrisas encendido. Todo se va y sólo queda huir o rebelarse, hasta el último hombre, la última bala, el último aliento, el momento final.

Simplemente,

Es de noche.

viernes, abril 20, 2007

Camarão


El mar,
encerrado,
turbio esta vez.

Tibia sopa de incertezas movedizas.

El cielo,
abierto y libre.

Asertivo,
imparable,
determinado,
incontenible.

Refulgiendo y fraccionado,
besa el prisma infinito,
acaricia la orilla que sostiene los pasos.


Fogón de gritos rebelados,
flamígera presencia de silencios inflamados,
intensa mirada de una orquídea magullada.

En el borde, la espera.

VISLUMBRAR LO IMPROBABLE TRAS LA OBVIEDAD POSIBLE.

Paciencia infatigable por capturar un nuevo día,
por retener la vigilia prometida,
por despertar iluminado en el sol que alumbrará
la próxima mañana.

sábado, abril 07, 2007

Coincidir

Foto: Adolfo Dias

En rigor, en la vida sólo existe una dirección posible, hacia adelante. Es que lo que está por llegar, mundo a duras penas imaginado dentro una gama de imposibles, es un sueño que aún no ve la luz, una semilla que no ha germinado, una idea que sólo se asoma pues todavía vuela insustancial fuera de esta realidad de lo útil y posible.

Y así avanzamos, dando pasos a ciegas, tomando una incomensurable cantidad de decisiones a cada instante, mientras el tiempo pasa, o más bien pasamos con él. Es que el tiempo nos define, nuestras creencias, cultura, pues marca a fuego sentir que se acumula, y nuestra angustia radica en intuir que no existe, en el escalofrio de sentir que el tiempo somos nosotros.

Es que estamos en un mundo basado no en enfrentar, ni en darle sentido a su fluir, sino en su medición, en la descomposición de sus componentes, en el uso útil y eficiente de cada instante. Creamos una realidad que en verdad ama la velocidad, en donde el ritmo cansino, reflexivo, ha sido desechado junto a todo aquello que obstaculice nuestra diaria carrera acrítica, el trabajo por el trabajo, el dinero por el dinero, la confusión de los medios con los fines.

Esa diáspora que cada uno transita se inició en el momento en que nacimos, y es una hebra remendada y tejida a fuerza de desechar mundos, situaciones que no llegaron a ser nunca y que por lo mismo, no serán jamás. Es un proceso, el El fin en sí mismo, es descubrir el mejor modo de caminar, aquella manera que te hace sentir y dar felicidad.

A veces sin embargo, en muy raras ocasiones, ocurre algo. Tal cual puede caer un rayo sobre tu casa, ese solitario tránsito se altera frente a una coincidencia, y ahí, tiempo y espacio, momento y contexto, convergen. Es un rato agradable, uno que generalmente no sientes pasar, es un calzar de gustos, de sueños, es simplemente, un instante mágico que te hace sentir que tu camino ya no está solo. Sucede muy rara vez, es reconocerse en el otro, con grandezas, defectos, es romper todo secreto, para darte cuenta que, pese a las probabilidades, un rayo puede caer no una, sino dos, o tres veces en el mismo lugar.

sábado, marzo 24, 2007

Loncura

Foto: Francisca Ulloa

Entrar a Loncura es como entrar a México, o como se supone debe ser llegar a Tijuana, lugar donde nunca he estado, pero que asocio indefectiblemente a la palabra límite. Es que la luz, sin filtro alguno, cae perpendicular sobre la tierra, la que ante la mirada luce decolorada bajo esa lluvía que vela todo sin mojar, negando refugio alguno para el color o la sombra.

Un camino de tierra flanqueado por pinos, la llegada, algunos sitios baldíos, ropa tendida al sol, uno que otro perro de pelaje aglomerado o raza indefinible, y algunas casas pequeñas, de un piso, de colores claros, celestes o verde agua, intentando dar vida a un pueblo en silencio, orlado por cardenales mustios, visitado por gaviotas, por nosotros, y por esa nube de gotas que dejan las olas flotando en el aire tras el continuo vaivén que las lleva y las trae por siempre. La plaza, pequeña, en una siesta permanente, la playa, de arena fina, arrasada por el viento que se desliza por la bahía secando la boca, cegando el mirar.

En la orilla, los botes varados, la caleta, y una interminable playa formada por innumerables ondas de arena delineadas por un semicírculo de sombra.

Y el mar, eterno, permanente.

En ocasiones, entre las rocas del centro de la playa, ese conjunto que le da el nombre al lugar en una lengua viva semiolvidada, el mar se colaba intentando salir del lugar al cual fue asignado, se resistía a estar ahí, abofeteando el designio, advirtiendo que no estaba realmente condenado a permanecer en ese sitio.

En otras en cambio, cuando el pueblo me recordaba otros lugares, el océano adquiría un modo nuevo, borrando sus pequeñas rugosidades, y dando lugar a una onda suavizada, un mar glaseado, interpretado por un surfista observando atento desde la playa mientras espera su gran ola.

Es en esos momentos cuando el mar de Loncura parecía mágico. La luz rebotando sobre la superficie líquida, el ritmo de la onda acompasada, la mirada aparentemente cegada, el silencio abierto y el lacerante frío desafiado, simplemente te entregaban el mejor día, ese instante perfecto, aquel que te recuerda la felicidad de estar vivo, sin más motivo aparente que ese rato iluminado, vivido ni más ni menos, del modo en que tu eligiste hacerlo.

La mirada,
impronta.
Transporte celeste
al puerto azul que recorren tus pasos.

viernes, marzo 16, 2007

Retornar


Alguna vez, en otra vida parece ahora, me levantaba a las seis de la mañana para ir a la pesca. Y salir a la pesca significaba muchas cosas, por ejemplo, volver a las 7 de la tarde aproximadamente, feliz y agotado, luego de pasar el día entero en un bote de madera de 9 metros de largo, impregnado de un olor y una humedad indescifrable, luego de vivir separado por una delgada tabla del vértigo del hondo abismo.

Entre los otros significados que implicaba navegar, por lejos el mejor era la sensación de abandono. Un sentir dentro de uno que señalaba que al dejar atrás el muelle simplemente la vida comenzaba a ser otra, una distinta a la que quedaba en la orilla, ya que se estaba al fin en la patria de los libres, el mar.

En la nostalgia, podría decir que era una especie de abrazo, el preludio de aquel grande e intenso con el que volverías a tu pareja una vez cumplido el ritual del retorno. Es que navegar era un paréntesis, como un capítulo de la vida separado por comas, o como el saborear un helado de chocolate escuchando algún tema añejo, quizás un poco de soul del reverendo Al Green, o en una de esas, algo de Coldplay. Es que ahí, allá afuera, pues no se iba hacia adentro del mar, sino que hacia afuera de la isla, parecía que habitaba la libertad.

Y al ir tras ella quedaba claro que no se podía seguir el camino amarillo, sino una senda líquida, intensamente azul, y profundamente inestable. Recorrer esa ruta era abandonar toda seguridad, renegando del camino asfaltado para aceptar literalmente la incerteza intrínseca que yace en todo futuro.

Y aqui estoy hoy, tranquilo, contento, pero a la vez sintiendo como rebalsa de a poco el recuerdo, la memoria de un tiempo entre paréntesis, un lapso que ya no es más, y del cual sólo puedo disfrutar de mano con la memoria, agradecido de haber conocido la que en verdad deberia ser la patria, la dulce patria.