domingo, junio 10, 2007

Todos


Foto: Alberto Monteiro

Ese extraño mar de junio luce terso y turquesa, contrasta con la negra arena que lo contempla desde la vereda de enfrente durante el mismo mes.Y aunque eso pareciera, quizás no es lluvia lo que cae, posiblemente sea sólo una gota de dolor, una que preferimos no nombrar ni mencionar, pero que sabemos reposa en el fondo de las aguas. Tal vez en verdad es sólo una marca de despedida, un recuerdo y una huella que decidió dormir acurrucada, pues prefirió arroparse oculta bajo las olas.

Llueve sobre mojado tal vez, y entre la cortina que cae desde lo alto, brilla esa multitud de rostros tranquilos con entereza bajo la llovizna persistente, todos dando la cara, enfrentando el agua que desborda. Tres, cuatro jornadas, una sucesión de silencios extraños, tiznados de resignación, de espera, días que parecen años buscando para encontrar esa huella, esa que yace en algún rincón, cubierta de un cielo líquido turquesa cualquiera de estos días de junio.

Esperaremos ese día,
aquel que nos une,
ese en que todos estaremos nuevamente riendo en el mar.

sábado, mayo 26, 2007

Junio

Foto: wweeggee (http://www.fotopunto.com/17926)

No hay mucha originalidad en los pasos, lucen repetitivos, parecen posarse una vez más en el mismo camino recorrido mil veces en esa huella que lleva a casa. Quizás el frío se ha ensañado este mes que comienza, adormeciendo las ideas, la originalidad, o tal vez, simplemente se ha dedicado a lo suyo, infiltrar cada instante, adelgazar el aire para que logre entrar invariablemente frío a los pulmones.

En ese rápido transcurrir entre la brisa intensa, la ciudad parece absorber, callada, oscura. Recordando, evocando, similar a lo que era sumergirse en el mar de Chile un día de junio, pero de 1995, un agua siempre gélida, una que mareaba al contacto con la piel, descontrolando la respiración, imposibilitando alcanzar la cadencia para así dirigirse a destino, y desatando de paso la furia, la rabia por arrancar, evitando la marca del metal frío en la piel.

Nadar entonces era una lucha constante contra el oleaje, era sentir la sal en la boca, bregando por mantener el control de los movimientos en una pelea solitaria, contrastante con el cielo eterno con su indiferencia celeste.

Caminar ahora, es dejar atrás rápido las aceras mudas para acercarse a casa y evitar la brisa que te mantiene aterido. Frente a la realidad de frío y prisa, ahora la imaginación es un regalo.

Antes, salía a la playa, feliz con la piel entumecida, roja de frío. Y aunque siempre está el mar, y aún está la posibilidad de ser tan loco como para nadar en él en invierno, hoy al menos, simplemente toco la reja negra para abrir la puerta, entro a mi casa, enciendo una estufa, y mientras se calienta la habitación, miro alrededor y sé que en verdad ya no es 1995.

miércoles, mayo 23, 2007

Contexto

Suena el ritmo de la noche, por alguna extraña y genial razón, el frío no es intenso hoy, parece sólo una bocanada de aire fresco que se filtra desde mar, o quizás del fondo de la tierra. Una bendición para liberarte y dejar atrás un día de trabajo.

La gente repleta el local, se mueven vasos, copas, botellas. El humo es el pizarrón donde las luces se dibujan apuntando al escenario, mientras las cervezas negras, rojas y amarillas usan su espacio para llenar las mesas de madera.

- Me hablan.

Y me concentro para escuchar, justo al lado de la guitarra electroacústica que suena, la risa de muchos y el silencio de pocos.

- Me hablan.

Pero no es fácil captar lo que me dicen, me llegan sólo palabras aisladas, las que interpreto y amalgamo para reconstruir frases, las ideas más probables en un contexto que ya me resulta más que familiar en una noche de charla, el intento y la ruptura.

Ahora cantan, se escucha un rumor plano de fondo, y dos guitarras dialogan en el escenario mientras desde una mesa un grupo grita en inglés que son marines. Miro mi vaso cervecero, lo aprieto un poco en la mano mientras mentalmente viajo a un lugar que no es ahí, noto entonces que todo es silencio, pues ya no hay música, menos aún el ruido blanco que llenaba el espacio segundos atrás. Bebo algo de cerveza, escucho las guitarras, imagino una sonrisa que no está, y recién me doy cuenta que me hablan nuevamente, en un contexto que ya me resulta más que familiar en una noche de charla, el intento y la ruptura.

viernes, mayo 11, 2007

Viernes

Foto: Alberto Montero

Como siempre, como tantas veces, estás callada, ausente más bien. En silencio, desconectada profundamente de todo cuanto te rodea. Te miro, con la inexplicable necesidad de decirte algo, con el perentorio mandato de vocalizar para así compartir la noticia que hoy me dieron.

Pero estás sumergida en el silencio inmutable de la rutina diaria, esa que yo mismo transité tantas veces antes, participando en la carrera desbocada para construir ese recuadro íntimo que aísla, protege, y blinda.

Sí, es cierto, quizás todo esto no es más que un viernes frío como pocos, cerrado en sí mismo, uno que palpita menos de lo que debiese un viernes. O tal vez es este invierno el debiera quedar atrás de una vez, relegado por el clamor de los pasos que a esta hora seguro desembocan en El Puerto, bosquejado en lo que queda del día por el pegoteo incesante de letras en el muro de la noche.

Viernes.

Entre tu silencio y el mío, me quedaré esta vez con un domingo, uno de sol bajo un cielo azul atravesado por la brisa, por el rumor del oleaje en las rocas de la caleta. Un séptimo día con botes tricolores durmiendo en la arena. Ese día, refrescado por las cervezas frías, acompañado de empanadas fritas, iluminado por algo tan simple como compartir a la luz de la alegría, es aquel que quiero traer a este viernes de despedida. Uno para contemplar tranquilo, cruzado por la contradicción de lo que se va y lo que queda, como tú, como yo, tan lejos tantas veces y tan cerca muchas otras.

sábado, abril 28, 2007

Errazuriz

Foto: Alberto Montero

Hace frío, ya es invierno en verdad, aunque el calendario se niegue a reconocerlo.

Y caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar, me doy cuenta que me gusta transitar contigo especialmente a esta hora. Es que a ratos, especialmente después de una buena salida, pareces adornada por la espontaneidad que te entregan algunos tragos de más, el enésimo cigarro fumado, la mezcla ininteliglible de música, charlas inconexas, miradas y caricias fugaces que consumimos por varias horas en algún sitio de nombre difuso.

Pareciera que estos episodios, ocasiones que inexorablemente se hacen cada vez más a lo lejos, gatillan la complicidad, la mejor conexión, esa tan difícil de definir siempre. Lo que sucede es que quizás lo nuestro no sea ni más ni menos eso, una sucesión porfiada de encuentros geniales en la que se intercala un mar de realidades empeñado en ahogar nuestros buenos momentos y promesas.

Pero que importa en verdad todo lo anterior, sabes bien que no son más que letras, frases extraña y misteriosamente ensambladas por una noche sin dormir, tal vez alentadas por el alcohol, o por esa sonrisa indescifrable e indescriptible que creas con toda la naturalidad del mundo cuando transitamos difícilmente equilibrados por alguna calle gris. Al fin y al cabo, quizás las palabras puedan crear un mundo, una circunstancia de bolsillo nueva para releer en algún momento de soledad profunda, pero bien sabes que nada, nada es más real que el estar aquí y ahora juntos, caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar.

sábado, abril 21, 2007

New York

Foto: Rocío Cabrera

Es de noche.

Resuena a lo lejos un apagado devenir, el ahogado rumor de pisadas silentes.

El frío te acicala bajo el pálido reflejo de la luna en la vereda. Las calles, semidormidas, desganadas pese al despiadado murmullo que las veja a cada instante.

Resuenan pasos sordos, acechan luces pálidas. Los hombres escapan, se rebelan, corren a casa o buscan un atisbo de luz al calor de una luminaria neón, de un cigarrillo aterido fumado de cara al viento helado que corta la piel.

Los sentidos se agudizan, el entorno se dibuja de la mano de tus pupilas dilatadas. Sabes que será pronto, no sabes donde ni cuando.

Un encendedor vacilante intenta dar fuego, entregar vida a alguna colilla olvidada en un bolsillo ajeno. La luz se ha ido, sólo queda el azuloso residuo de su pálido reflejo, el amarillo y angustioso trinar de un frío tunsgteno titilante en la sombra, la lucha perdida de antemano por la lana tejida que cubre tus dedos.

Las certezas se marchan, enhebradas por el eje en torno al cual giran tus brazos. Sólo recuerdos, amores e instintos persisten, aguzados por la oscuridad, por el frío resplandor del parabrisas encendido. Todo se va y sólo queda huir o rebelarse, hasta el último hombre, la última bala, el último aliento, el momento final.

Simplemente,

Es de noche.

viernes, abril 20, 2007

Camarão


El mar,
encerrado,
turbio esta vez.

Tibia sopa de incertezas movedizas.

El cielo,
abierto y libre.

Asertivo,
imparable,
determinado,
incontenible.

Refulgiendo y fraccionado,
besa el prisma infinito,
acaricia la orilla que sostiene los pasos.


Fogón de gritos rebelados,
flamígera presencia de silencios inflamados,
intensa mirada de una orquídea magullada.

En el borde, la espera.

VISLUMBRAR LO IMPROBABLE TRAS LA OBVIEDAD POSIBLE.

Paciencia infatigable por capturar un nuevo día,
por retener la vigilia prometida,
por despertar iluminado en el sol que alumbrará
la próxima mañana.

sábado, abril 07, 2007

Coincidir

Foto: Adolfo Dias

En rigor, en la vida sólo existe una dirección posible, hacia adelante. Es que lo que está por llegar, mundo a duras penas imaginado dentro una gama de imposibles, es un sueño que aún no ve la luz, una semilla que no ha germinado, una idea que sólo se asoma pues todavía vuela insustancial fuera de esta realidad de lo útil y posible.

Y así avanzamos, dando pasos a ciegas, tomando una incomensurable cantidad de decisiones a cada instante, mientras el tiempo pasa, o más bien pasamos con él. Es que el tiempo nos define, nuestras creencias, cultura, pues marca a fuego sentir que se acumula, y nuestra angustia radica en intuir que no existe, en el escalofrio de sentir que el tiempo somos nosotros.

Es que estamos en un mundo basado no en enfrentar, ni en darle sentido a su fluir, sino en su medición, en la descomposición de sus componentes, en el uso útil y eficiente de cada instante. Creamos una realidad que en verdad ama la velocidad, en donde el ritmo cansino, reflexivo, ha sido desechado junto a todo aquello que obstaculice nuestra diaria carrera acrítica, el trabajo por el trabajo, el dinero por el dinero, la confusión de los medios con los fines.

Esa diáspora que cada uno transita se inició en el momento en que nacimos, y es una hebra remendada y tejida a fuerza de desechar mundos, situaciones que no llegaron a ser nunca y que por lo mismo, no serán jamás. Es un proceso, el El fin en sí mismo, es descubrir el mejor modo de caminar, aquella manera que te hace sentir y dar felicidad.

A veces sin embargo, en muy raras ocasiones, ocurre algo. Tal cual puede caer un rayo sobre tu casa, ese solitario tránsito se altera frente a una coincidencia, y ahí, tiempo y espacio, momento y contexto, convergen. Es un rato agradable, uno que generalmente no sientes pasar, es un calzar de gustos, de sueños, es simplemente, un instante mágico que te hace sentir que tu camino ya no está solo. Sucede muy rara vez, es reconocerse en el otro, con grandezas, defectos, es romper todo secreto, para darte cuenta que, pese a las probabilidades, un rayo puede caer no una, sino dos, o tres veces en el mismo lugar.

sábado, marzo 24, 2007

Loncura

Foto: Francisca Ulloa

Entrar a Loncura es como entrar a México, o como se supone debe ser llegar a Tijuana, lugar donde nunca he estado, pero que asocio indefectiblemente a la palabra límite. Es que la luz, sin filtro alguno, cae perpendicular sobre la tierra, la que ante la mirada luce decolorada bajo esa lluvía que vela todo sin mojar, negando refugio alguno para el color o la sombra.

Un camino de tierra flanqueado por pinos, la llegada, algunos sitios baldíos, ropa tendida al sol, uno que otro perro de pelaje aglomerado o raza indefinible, y algunas casas pequeñas, de un piso, de colores claros, celestes o verde agua, intentando dar vida a un pueblo en silencio, orlado por cardenales mustios, visitado por gaviotas, por nosotros, y por esa nube de gotas que dejan las olas flotando en el aire tras el continuo vaivén que las lleva y las trae por siempre. La plaza, pequeña, en una siesta permanente, la playa, de arena fina, arrasada por el viento que se desliza por la bahía secando la boca, cegando el mirar.

En la orilla, los botes varados, la caleta, y una interminable playa formada por innumerables ondas de arena delineadas por un semicírculo de sombra.

Y el mar, eterno, permanente.

En ocasiones, entre las rocas del centro de la playa, ese conjunto que le da el nombre al lugar en una lengua viva semiolvidada, el mar se colaba intentando salir del lugar al cual fue asignado, se resistía a estar ahí, abofeteando el designio, advirtiendo que no estaba realmente condenado a permanecer en ese sitio.

En otras en cambio, cuando el pueblo me recordaba otros lugares, el océano adquiría un modo nuevo, borrando sus pequeñas rugosidades, y dando lugar a una onda suavizada, un mar glaseado, interpretado por un surfista observando atento desde la playa mientras espera su gran ola.

Es en esos momentos cuando el mar de Loncura parecía mágico. La luz rebotando sobre la superficie líquida, el ritmo de la onda acompasada, la mirada aparentemente cegada, el silencio abierto y el lacerante frío desafiado, simplemente te entregaban el mejor día, ese instante perfecto, aquel que te recuerda la felicidad de estar vivo, sin más motivo aparente que ese rato iluminado, vivido ni más ni menos, del modo en que tu eligiste hacerlo.

La mirada,
impronta.
Transporte celeste
al puerto azul que recorren tus pasos.

viernes, marzo 16, 2007

Retornar


Alguna vez, en otra vida parece ahora, me levantaba a las seis de la mañana para ir a la pesca. Y salir a la pesca significaba muchas cosas, por ejemplo, volver a las 7 de la tarde aproximadamente, feliz y agotado, luego de pasar el día entero en un bote de madera de 9 metros de largo, impregnado de un olor y una humedad indescifrable, luego de vivir separado por una delgada tabla del vértigo del hondo abismo.

Entre los otros significados que implicaba navegar, por lejos el mejor era la sensación de abandono. Un sentir dentro de uno que señalaba que al dejar atrás el muelle simplemente la vida comenzaba a ser otra, una distinta a la que quedaba en la orilla, ya que se estaba al fin en la patria de los libres, el mar.

En la nostalgia, podría decir que era una especie de abrazo, el preludio de aquel grande e intenso con el que volverías a tu pareja una vez cumplido el ritual del retorno. Es que navegar era un paréntesis, como un capítulo de la vida separado por comas, o como el saborear un helado de chocolate escuchando algún tema añejo, quizás un poco de soul del reverendo Al Green, o en una de esas, algo de Coldplay. Es que ahí, allá afuera, pues no se iba hacia adentro del mar, sino que hacia afuera de la isla, parecía que habitaba la libertad.

Y al ir tras ella quedaba claro que no se podía seguir el camino amarillo, sino una senda líquida, intensamente azul, y profundamente inestable. Recorrer esa ruta era abandonar toda seguridad, renegando del camino asfaltado para aceptar literalmente la incerteza intrínseca que yace en todo futuro.

Y aqui estoy hoy, tranquilo, contento, pero a la vez sintiendo como rebalsa de a poco el recuerdo, la memoria de un tiempo entre paréntesis, un lapso que ya no es más, y del cual sólo puedo disfrutar de mano con la memoria, agradecido de haber conocido la que en verdad deberia ser la patria, la dulce patria.

domingo, marzo 04, 2007

El eclipse

Foto: Ricardo Tavares

Hoy pasó una sombra sobre la luna llena.

Como un angel negro cruzando el umbral del cielo para envolver con su capa el firmamento. Como un pestañeo, la interrupción de la noche plena de luna, un lapso oscureciendo aceras para ser holladas a cada paso insensible.

Lo que queda es lo que se fue, es el recuerdo, la memoria de ese instante anterior. Ese momento en que la existencia parecía delineada a toda hora por una guía trascendiendo el día a día.

Permanece también la espera, la esperanza de que esa mala ocurrencia cósmica no será para siempre, el confiar que el eterno retorno iluminará una vez más los pasos con pálido reflejo.

La actitud también queda en nosotros, esa llena de lucha, de fe, porfiada contra los fríos hechos, improbable, ilusa, por lo mismo la mejor actitud, aquella que nos susurra que sí es posible, que todo sigue, y que nada en verdad ha terminado, pues un eclipse puede llevarse una tajada momentánea, pero no puede doblegar para siempre la luz que emana de la luna llena.

jueves, febrero 22, 2007

Otros aires

Foto: Rui Palha

Hay otra vida.

Es que en verdad hay otro mundo, uno posible, incluso probable. Está lleno de nuevos, antiguos y también de buenos aires.

Es un lugar empedrado, difuminado bajo la luz, el calor y la humedad de febrero. Es un espacio que se amalgama al ritmo de la conversación, la tranquilidad, el tiempo, las plazas, parques, el candombé, y un cigarro a la luz de la ciudad.

Hay otra vida.

Es que en verdad hay otro mundo, es uno que nace de tí. Y es ese sitio que viertes alrededor, el que te permite caminar por una plaza adoquinada, a la sombra de Dorrego, junto a los gatos en Lezama, acompañado por los acordes de las murgas que marchan por Defensa.

He vuelto a aquel banco del Parque Lezama, lo mismo que entonces se oye la noche, la sorda sirena de un barco lejano. Mis ojos nublados te buscan en vano. Después de diez años he vuelto aquí solo, soñando aquel tiempo, oyendo aquel barco. Mis penas vencieron. El tiempo y la lluvia, el viento y la muerte, ya todo llevaron.

Ernesto Sábato

Es en la sitiada plaza Cortázar, entre los parques de Palermo y las librerías de De Mayo y Santa Fe, es junto a un plato de pasta en calle Solís, caminando por Corrientes o bajo la lluvia en Scalabrini. Es ahí, en ese instante cuando sucede, cuando me abrazas despacio quedando en silencio, y simplemente, sonreimos tranquilos esperando con toda calma, divisando el nuevo día que está por nacer.

Te imagino.

En un lugar cualquiera,
en cualquiera de estos días,

Se entremezcla la tarde en tus cabellos descarriados,
llenando tu nombre desbordado de ausencia.

La calle susurra sembrando tus pasos,
tu transcurrir de sueño interrumpido,
tu confuso pasar de cada día,
abrazada a cada paso que tu silueta abandona.

Te recuerdo.

En un jardín,
entre hortensias, amapolas, caracoles,
y la oscura tierra de un suelo tibio.

Te sueño.

Trémula, insegura.
Acurrucada entre las oquedades de la orilla,
tranquila con tu silencio de monte.

Pareces volver siempre a ese rincón,
a esa esquina de resbalín roto.
Pareces llenar con tu risa que no se ha ido ni ha llegado,
los ecos arrullados por la escarcha,
cada texto chamuscado en la memoria.

Te imagino.

Simplemente igual que antes,
aunque ya no quede nada,
aunque el recuerdo no sea más que un eco adormecido por los pasos.


lunes, febrero 05, 2007

Simetría


1. f. Correspondencia exacta en forma, tamaño y posición de las partes de un todo.

Se relaciona con la belleza, pues estudios con niños han demostrado que éstos prefieren rostros simétricos, poniendo en duda su clásica asociación con factores culturales. Cuando no existe, cuando hay asimetría, las cosas, situaciones, pierden esa perspectiva y desentonan, extraviando su luz, su atractivo clásico y la capacidad de llamar la atención gratamente.

Y mucho en la vida puede ser asimétrico, trabajar sin la justa retribución, el querer sin poder, el decir sin que te digan, el afecto no correspondido. Es que pareciera que se infiltrara por todos lados, como agua entre los dedos, permeando al mundo y recordándonos que por definición éste es casi siempre imperfecto.

Recordamos eso sí momentos cargados de simetría, lapsos a veces cortos, muchas veces fugaces incluso, cuando de repente te quedabas callado, tranquilo, sintiendo que todo transcurría bien por un rato difícil de precisar, pues estabas compenetrado absolutamente en ese instante.

-Te has dado cuenta?.
-De que?
-El tiempo pasó como nada.

Quizás una simple conversación, ese rato mágico en el cual todo parece calzar y dejamos de ser como esas piezas de puzzle que quedan olvidadas en el fondo de la caja sin saber donde mierda van.

La simetría de algún modo depende de la existencia de un eje, de un punto o una referencia que articule a fin de compensar y ordenar el todo ante sí. Por ello, la existencia de coincidencias, de orientaciones comunes, y su aceptación por cierto, es requisito para ordenar el desorden, terminar con el embrollo, la entropía, en el fondo es condición necesaria, no suficiente, para mandar al diablo la asimetría.

A veces quisiera aprender a leer de nuevo,
así interpretaría,
entendería sin mi montaña de limitaciones cada palabra,
cada sílaba lanzada al ruedo de un instante iluminado por la noche.

Quizás sería fácil así interpretar la obviedad,
un silencio de tropa desvalida,
un desvelo de cariños incompletos.

Quisiera también aprender a escribir,
eliminar letras desbocadas,
silencios acechantes,

palabras sobre y entre líneas,
tartamudeos renegados,
lo que digo sin decir y lo que no digo a voces.