
| Fue en un día de sol, caluroso, despejado, cuando bajo el mar se agitaba una culebra gigante que se ondulaba una y otra vez, sin parar, sin detenerse nunca, agitando el agua para formar una onda larga, rítmica, sobre la cual te empequeñeces como el público ante una sinfónica, mientras el bote sube y baja a su compás. De pronto, su espalda imperfecta describió un arco perfecto, una parábola gris que rompió el azul en pedazos de espuma blanca. Lanzando un chorro de agua al cielo espantó a las fardelas que se agitaron y formaron círculos. Simplemente navegaba, fuera de esta realidad, lejos de toda humanidad, en una dimensión distinta, en un presente líquido en donde todo se diluye y agita mil veces, en donde se mira un cielo que no es nuestro cielo. Por un instante nos trajo otro mundo, todo silencio, contemplación, serenidad, pero no nos costó nada ser humanos nuevamente. Entonces pensamos en posibles enredos con trampas, en carnada, en esa totalidad de cosas prácticas que definen nuestro modo de vida, haciéndonos desechar, despreciar, o al menos convertir en sospechoso, todo aquello a lo que no le encontramos un fin útil. Sobre nosotros, en nuestro cielo, el sol siguió imperturbable, brillando y marcándonos en la piel nuestro día a día. Nos separamos más y más, hasta que desviamos la mirada, volvimos al trabajo, y todo, todo volvió a ser como siempre. |


