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miércoles, marzo 19, 2008

Ennio


Foto: Luis Sotomayor

Ella despertó sin sentir sensación alguna que le indicara si él estaba en la cama a sus espaldas, o ya había partido en algún momento de la madrugada. Eso en verdad no era novedad, ya hace un tiempo que había perdido la capacidad de sentir su presencia sin tener que verlo o escucharlo.

Sintió por un instante el impulso de voltear su cara para verificar si aún dormía, pero la contuvo una certeza que la inundaba hace tiempo. Simplemente, ella sabía que él no podría cumplir su palabra, pues parecía que había algo en el destino que había construido para sí mismo que lo impulsaba inexorablemente una y otra vez por la senda que lo alejaba del camino amarillo.

La brisa cálida se colaba entre las tablas grises sin pulir de la pared.

A las cuatro de la mañana él ya había desatado el potro del palenque. A esa hora revisó el morral, agregó unos trozos de pan, charqui y municiones, agarró la escopeta y partió hacia el monte. El trayecto fue largo, a medida que clareaba el alba los cerros empezaron a lucir más arrasados por la sequía que golpeaba hace ya tres años. Remolinos de viento levantaban la tierra, mientras bandadas de pájaros negros se arremolinaban y escarbaban para mordisquear semillas secas.

Junto al risco se detuvo. Se sacó el guante de cuero raído y apoyó su mano sobre la rugosidad de la piedra tibia y áspera. Entonces recordó al cuerpo de su padre junto a los árboles de troncos grises, con tres balazos en el pecho, y la silueta del caballo sin jinete que llegó a casa de madrugada, mudo mensajero de que él había caído abatido luego de una persecución que se arrastró por años.

Nunca más venganzas-pensó, al recordar fugazmente la promesa que le hizo a su mujer un día de abril. Un para siempre que ahora le parecía tanto, tanto tiempo.

Se acomodó junto a unas rocas, ignoró el contacto del suelo contra sus rodillas, y el olor a pólvora de los cartuchos con que cargó la escopeta se le impregnó en los dedos. A la misma hora en que su mujer empezaba a lavar ropa, empezó a preparar el disparo, aprovecharía el tubo largo de la browning para tirar a mayor distancia. Ya el sol comenzaba a pasar el mediodía y sentía la sequedad en la garganta que le provocaba masticar charqui.

El viento era amarillo y el sudor sabía a sal.

Los dos jinetes se deslizaban rápido entre las sendas, apenas dibujadas entre matorrales, árboles y cactus. No hablaban, la tierra seca les molestaba, una buena excusa para justificar el incómodo silencio. Pasado el mediodía bajaban entre los riscos, implacables como el deber, en busca de la casa de adobe rodeada de pircas de piedra, cercas caídas y huesos de cabras. Ya eran las tres cuando tomaron la última curva.

El sol caía sin piedad mientras esperaba atento la salida del último recodo. Un poco de agua lo había aliviado, y el mismo pañuelo gris que le cubría la cara le había servido para secar sus dedos. Ya oía los pasos retumbar, cada vez más cerca, mientras la brisa traía abejas y el zumbar de insectos.

Esperó tranquilo, sin precipitarse, sólo tendría una oportunidad. Simplemente, cuando vió la primera sombra disparó. El ruido retumbó fuerte, y el eco se esparció lejano, amplificado entre las quebradas a la misma hora en que su mujer, inquieta, empezaba a hacer el pan y sentía el olor a levadura mientras amasaba.

Ya casi era de noche cuando el sorpresivo ruido de las botas y el resoplido del caballo la sobresaltó. Salió lentamente, sin querer adivinar o preguntar, y en el marco de la puerta se detuvo semicegada por los últimos rayos de sol que se filtraban entre los mañíos.

No habría luna en la oscuridad y el cielo perdía su azul.

Para su sorpresa, vió la silueta de dos hombres enfundados en sus ponchos con las escopetas cruzadas sobre la silla de montar mientras los caballos pisoteaban las melgas.

- El no está, dijo fuerte y segura, justo antes de dar la media vuelta y cerrar la puerta de bruces.

Tras la puerta, cerró los ojos, miró el piso de madera gastado, y pensó que a pesar de todo y todos, tal vez aún era posible mantener una promesa. En ese momento, en el monte, una silueta había terminado de faenar un animal y se dedicaba a cargar el potro con trozos de carne para secar y sobrevivir una semana más a la sequía.

martes, octubre 16, 2007

Leone

Foto: Joao Luc

Luna llena.

Se asoma queda, entre los cerros, pintada en el cielo azul que se tiñe de negro. En el monte, la tarde se va con toda prisa, cediendo terreno a la oscuridad. Afirmo la rienda, y me muevo despacio para evitar resbalar quebrada abajo. Vamos en silencio, sólo se oye el sonido de las herraduras contra las piedras y el resoplido de los caballos que buscan instintivamente la huella.

Al fondo, entre las sombras, al fin vemos el carruaje gris tirado por dos caballos, y rodeado por cinco jinetes. Nos detenemos al borde del risco tras un boldo añoso. Respiro, y el aroma de sus hojas me recuerdan el té que servía mi madre puntualmente a las 7 de la tarde en ese tiempo que ya se fué. Adivino el brillar metálico de un cañon de escopeta a mi lado, semi oculta bajo un poncho negro. Instintivamente me llevo la mano a la faja, y tiento la culata del revólver mientras los caballos mueven sus orejas nerviosos.

La luna llena está en lo alto.

Nos movemos cautos buscando el paso más angosto de la quebrada, musita el arroyo a nuestro costado, y comienza el cantar de ranas y grillos. Llegamos al lugar, nos dividimos en dos grupos, uno a cada lado del camino. Bajamos de los caballos, y uno los retiene unos metros más atrás con terrones de azúcar entre litres y maitenes. El aire huele a bosta de vaca y a boldo, vuelan mosquitos, y el viento nos pega en la cara. Nadie habla mientras cargamos las escopetas, nos lanzamos al suelo y dejamos en él cada revolver.

Se acerca el caminar rítmico de los caballos y el chillido del girar del eje del carruaje, al frente, dos jinetes, otro al costado derecho, y dos atrás. Uno de ellos enciende un cigarro, y alcanzo a ver su barba cobriza en el preciso instante en que traspasa la linea imaginaria que une nuestra posición con la del otro grupo. Nos levantamos de pronto, y sin decir absolutamente nada, disparamos juntos rompiendo la noche. Ellos a los jinetes, yo directo al carruaje por su costado izquierdo.

La luna está roja.

Como la canción, pienso, y agotado me dirijo del cuartel a mi casa por enésima vez, mirando de reojo el mar negro. Día viernes, mientras miro por la ventana las calles que comienzan a llenarse de chicas que visten falda corta y medias oscuras golpeando rítmicamente sus pies contra las aceras para entrar en calor. Detenemos el furgón, cumpliendo el rito de revisar sus documentos, y partimos nuevamente entre las ondulantes calles que trepan el cerro. Bajo a dos cuadras de mi casa, en el lugar más angosto de una antigua quebrada donde alguna vez musitaba un arroyo. Me despido, me saco la gorra, arreglo mi camisa y camino, mientras allá abajo las chicas de falda corta y medias oscuras mueven los pies para entrar en calor.

Al llegar, golpeo las botas contra el suelo para sacarles el barro, amarro mi alazán color tiza y noche, le saco la silla y me la echo al hombro, mientras en la otra mano aprieto mi winchester aún teñido de pólvora. Abres la puerta, siento tu olor, me abrazas fuerte, y mientras beso tus brazos y muerdo suavemente tus hombros, me tomas de la mano y me conduces adentro susurrándome al oído, io ti voglio benne caro mio.

Questa macanza me fa amare di piu. No posso essere senza de te, ma sono convinta de sono in te. Debiamo essere insieme dopo essere persi in questa lontananza.