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lunes, junio 09, 2008

Paz

Sabes bien que me gusta la noche y los espacios que ella encierra. Esos lugares llenos de humo, luces y voces que se mueven de aqui allá, buscando, aferrándose al instante que se cimbra mientras los minutos pasan y los vasos vacíos se van con ellos.

Será quizás porque en estos locales siento mejor que nunca las miradas que se tejen, y los cariños parecen menos fugaces cuando la noche transcurre lento. Será tal vez que esos momentos, ajenos al mundo, lejanos del resto de los días, parecen más cotidianos, y forman el sitio preciso para imaginarte fácilmente, sentada en cualquier improbable rincón, sin ese silencio que acompaña invariablemente la imagen que dibujo de tí.

Mientras la cerveza se acaba, y los cigarros queman el momento, parece inevitable la llegada de ese pronto andar que con su cadencia despertará ese inquietante susurro. Volverá entonces el camino ensoñado, el estar sin estar, y el silencio que arde.

Apago el último cigarro, bajo el sorbo final de cerveza, y me alejo del ruido para entrar al estruendoso silencio de la noche en El Puerto. Camino, y entonces, a propósito de nada, descubro que la noche brilla, que el frío quema la piel pero no hiela el alma, y que la soledad, aunque aún presente, dejó hace mucho de ser el hierro que marca cada instante. Entonces, simplemente sonrío, respiro hasta sentir el aire helado en los pulmones, miro a la chica de pelo largo y ondulado que con un libro bajo el brazo sube la calle, y bajo en dirección contraria por las aceras para dirigirme hacia el mar, para dirigirme finalmente a casa.

sábado, abril 28, 2007

Errazuriz

Foto: Alberto Montero

Hace frío, ya es invierno en verdad, aunque el calendario se niegue a reconocerlo.

Y caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar, me doy cuenta que me gusta transitar contigo especialmente a esta hora. Es que a ratos, especialmente después de una buena salida, pareces adornada por la espontaneidad que te entregan algunos tragos de más, el enésimo cigarro fumado, la mezcla ininteliglible de música, charlas inconexas, miradas y caricias fugaces que consumimos por varias horas en algún sitio de nombre difuso.

Pareciera que estos episodios, ocasiones que inexorablemente se hacen cada vez más a lo lejos, gatillan la complicidad, la mejor conexión, esa tan difícil de definir siempre. Lo que sucede es que quizás lo nuestro no sea ni más ni menos eso, una sucesión porfiada de encuentros geniales en la que se intercala un mar de realidades empeñado en ahogar nuestros buenos momentos y promesas.

Pero que importa en verdad todo lo anterior, sabes bien que no son más que letras, frases extraña y misteriosamente ensambladas por una noche sin dormir, tal vez alentadas por el alcohol, o por esa sonrisa indescifrable e indescriptible que creas con toda la naturalidad del mundo cuando transitamos difícilmente equilibrados por alguna calle gris. Al fin y al cabo, quizás las palabras puedan crear un mundo, una circunstancia de bolsillo nueva para releer en algún momento de soledad profunda, pero bien sabes que nada, nada es más real que el estar aquí y ahora juntos, caminando por la vereda, esa junto al mar, esa con ríos de gente sin nombre expulsada de los locales obligados a cerrar.